Uzumaki desde el horizonte maldito de la obsesión

 

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Por Alberto Escalante

Uzumaki es una propuesta que respeta su linaje encarnado en el manga, permitiéndose mantener una fuerza estética propia que termina por imponerse a cualquier intento de narrativa. Hay ciertas películas que te imponen conceptos hasta cierto punto perturbadores, si es que se está en la disposición de dejarte decir algo desde el interior de la propuesta misma. Por mi parte, se me antoja leer Uzumaki desde el horizonte de la obsesión.

La naturaleza de la obsesión tiene la “forma” de lo que se repite. Escudriñar en el fondo de esta repetición, invita a enfrentarse con lo constante y las diversas formas en que se nos escapa. El “espiral” pareciera comunicarnos esa condición de dar vueltas en torno a la salida.

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Uzumaki nos muestra que  nuestra condición obsesiva parece ser algo digno de una película de horror japonés. Y digo horror, en tanto la obsesión da pie para lo claustrofóbico, y digo japonés, en tanto lo claustrofóbico está retratado, no en el marco de la psicológico, sino en el espíritu de lo místico y lo sobrenatural, a.k.a. “la maldición de la obsesión.”

Lo más importante en la estructura argumental de Uzumaki, es que no haya explicación alguna del fenómeno en cuestión, pues a lo místico no se llega por los caminos de la razón. Por el contrario, Uzumaki exige el ser imbuido en el fenómeno de fondo. Me gusta pensar en todo caso, que Uzumaki nos plantea de alguna manera que el ancla de nuestras obsesiones no se encuentra  escondido en lo recóndito de nuestras cabezas, pero quizás sí en lo recóndito de nuestras creencias.

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Pasando a exploraciones más técnicas, Uzumaki está a cargo de Andrey Higuchinsky, un no muy conocido ni reconocido artista visual ucraniano-japonés, cuya obsesión estética recalca en transformar el color en luz, no en el sentido en el que esta puede deslumbrarnos , sino en cuanto esta puede acotar la oscuridad. En cuanto a Uzumaki, un verde “atrapado por el color en forma de luz” que da la apariencia del turquesa del ónix, es lo que nos acompaña por los recovecos del poblado Kurôzu-cho.

Hicimos líneas arriba un guiño a la idea de lo maldito, sin duda esto puede hacerse converger con la manera en que el J-Horror explora a menudo lo místico. De nueva cuenta aquí tenemos el cuento en torno a una maldición. ¿No podemos pensar acaso la maldición como una clase de  persecución “malsana”? A final de cuentas, los personajes de Uzumaki no intentan otra cosa que escapar.

La  escapatoria se establece como la premisa imperante de la trama, y quien no se ajusta a los caprichos de esto que se nos plantea, termina estampado contra el parabrisas de su auto, enseñándonos a su vez que las maldiciones no dan pie para ser comprendidas, solo temidas.

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