Band of Ninjas: un filme para no curiosos

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Por Alberto Escalante Rodríguez

La cámara y el sonido son el fundamento de este retrato japonés, en tanto experiencia cinematográfica. La acción, el movimiento, el argumento mismo, no sólo no le son indiferentes a la composición entre la cámara y el sonido, sino que tampoco transcurren fuera de sus márgenes, no son libres en ningún momento. Quizás esta sea la naturaleza verdaderamente frenética de Ninja.

Por su parte, la imagen que se transporta sin pausa alguna, de cuadro a cuadro, evoca una cierta obsesión que se ha de esconder detrás del universo del manga de Sanpei Shirato, sea cualquiera que esta sea; porque si bien su significado sólo está provisto para quienes conocen sus claves más secretas, su sentido parece querernos decir algo intacto, una intensión seductora empeñada en el simbolismo del sable, su penetración y su tajo.

Ninja no sirve a alguna narración, no se apoya en nada, sino que cualquier intento de decirnos algo, pasa por el crisol de sus cortes, algunos más audaces que otros, pero siempre frenéticos. Al respecto, la sombra del editor se revuelve con la del espadachín en turno.

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Me parece que cualquier intento de establecer un género en torno a Ninja, resulta aventurado no sólo por las cualidades en sí mismas técnicas que muestra, sino por la naturaleza misma de quien está dispuesto a presenciar tal espectáculo. En este rubro la cuestión sigue dos formas: la del aburrimiento pleno o la de la evocación misma de los sentidos. El aburrimiento no está plasmado ni en la temática ni en el estilo, sino en la trama en sí, que le puede resultar tan ajena para esa mirada entrenada en ciertos géneros de la acción-ficción.

Oshima, apela a los sentidos de una u otra forma, y ahí es donde una vertiente “técnica” Ninja se estaciona a distancia de su autor. Ninja es una película para remitidos, encumbrados y obsesos, ya sea de la cultura japonesa, ya sea de lo sublime mismo que puede alcanzar el cine como expresión artística. De lo contrario, quedará como anécdota o como dato. Esto quiere decir que Ninja no es una película para curiosos.

También hay cabida para una obsesión más que nos remite a la obsesión por el sentido. Quien busca significados en esta cuestión, no encontrará más que una puesta bélica, una película de ninjas, hasta cierto punto un artefacto histórico; o puede que los más agudos quizá vean un relato sobre el poder, un reforzamiento político.

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Sin embargo, en Ninja parece ser que la “esencia” de la guerra no se ve cubierta por el heroísmo, sino por el misticismo, en tanto el camino hacia la libertad y a la igualdad contiene un trasfondo místico y no político; lo que pareciera añadir un guiño contra-occidental.

Aduciendo al sentido, rompe con cualquier tipo de indiferencia, lo cual no implica propiamente un asunto del conocimiento; esto es, fuera de cualquier barrera lingüística, se sepa o no japonés, resulta indiferente con respecto a alguna obsesión. La esencia de Ninja no depende de la palabra, porque su atrevimiento rebasa la intención misma del autor. Aún si los subtítulos prestaran su servicio a la traducción, la interpretación misma se quedaría corta, la intención que se asoma en los gestos tanto visuales y sonoros evidencian esta posibilidad.

Así, resulta un experimento interesante pensar si podemos colocar al autor en una posición distinta al rebasamiento propio que provoca sus intenciones, y ubicarlo en el ámbito de cómo sus intenciones nos rebasan a nosotros. No es que la imagen valga más que las palabras, es que las imágenes que nos presenta Oshima, difícilmente pueden ser traspasadas por las palabras, haciéndonos entre ver que la “magia” no se agotan en estos elementos, sino en la imagen.

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Ninja Bugeicho, del director y autor japonés Nagisa Oshima, mejor conocido en el occidente terrenal por El imperio de los sentidos (1976), es un tipo de cine “actuado” a cuatro bandas; por el editor, por el narrador, por los personajes, por la cámara en mano. El filme nos expone a un contenido que fuera de toda precaución puede pasar por eminentemente político, sobre todo ateniéndonos a los antecedentes biográficos del propio Oshima.

Sin embargo, conforme la puesta nos descubre audazmente sus intenciones a partir de una segunda mitad explicativa, la congruencia de una historia política se ve rebasada continuamente, es decir, cuadro con cuadro, en contra de todo tipo de esencialismo. En este tenor, Ninja se antoja también como un reclamo a la tradición, donde la “ancestralidad” (o el Japón premodermo como gusta de decir Oshima) ya no se asoma a través de tomar lo místico por la esencia, sino en la imagen misma que toma forma brincando de cuadro a cuadro, entre travelling y panorámica, es decir, en cuanto experiencia cinematográfica.

 

 

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