Manos secas: sobre Go Set a Watchman de Harper Lee

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Por Eduardo Paredes Ocampo

Mi padre decía que quien levanta el brazo contra su progenitor se arriesga a que se le seque la mano. El tabú contra tal atentado tiene, en Freud, conclusiones más cabales: la religión –la alabanza de algún(os) venerable(s) viejo(s)– surge del parricidio. Claro que la advertencia hacia mi conducta infantil carecía de gran peso antropológico. Sin embargo, implícito en ese “contrólate” existía una acotación a lo que, desde los esbozos de la cultura, se considera sacrilegio.

Más allá de su prosa intrépida, de sus interesantes estampas narrativas o de su mensaje político, Go Set a Watchman (2015), secuela (o precuela) de To Kill a Mockingbird (1960), de Harper Lee resulta disfrutable por versar precisamente sobre aquello que mi padre quería dejarme en claro: los límites de la rebeldía.

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El libro narra el regreso de Jean Louise Finch, Scout, a su nativa Maycomb, Alabama. Lo primero que encuentra la protagonista es el seguro estatismo del lugar que dejó por el bullicio de Nueva York. Sin embargo, pronto el idilio se quiebra ante los problemas raciales que azotan el sur de los Estados Unidos a principios de los sesenta. El conflicto deviene personal cuando Scout –descrita en el transcurso del libro como “color blind”– descubre que Atticus, su padre, y Hank, su mejor amigo, acuden regularmente a reuniones de tinte racista.

Jean Louise, quien viene del eclecticismo racial de la Gran Manzana, no puede lidiar con el contraste pues siempre ha visto a su padre no sólo como la encarnación de la justicia (Atticus es, a su vez, abogado), sino también como Dios: “you confused your father with God”, le dice su tío al final del libro.

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Finalmente, después de medio libro de cavilaciones y conflictos emocionales y morales, la hija decide levantar el brazo contra el padre:

“… I’ll never believe a word you say to me again. I despise you and everything you stand for.”

“Well, I love you.”

“Don’t dare say that to me! Love me, huh! Atticus, I’m getting out of this place fast, I don’t know where I’m going but I’m going. I never want to see another Finch or hear of one as long as I live!”

“As you please.”

“You doble-dealing, ring-tailed old son of a bitch! You just sit there and say ‘As you please’ when you’ve knocked me down and stomped on me and spat on me, you just sit there and say, ‘As you please’ when everything I ever loved in this world’s –you just sit there and say ‘As you please’– you love me! You son of a bitch!”

“That’ll do, Jean Louise.”        

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La razón de la calma en la reacción de Atticus será después explicada por Dr. Finch, el tío: “He was letting you break your icons one by one. He was letting you reduce him to the status of a human being.” Omnipresente es el deseo de endiosar al padre. Quizá, más que abastecer, más que educar, la tarea fundamental de todo procreador sea la de quitarse lo “Creador” del nombre. Existen para dar pautas a la rebeldía, a esa primicia inconsciente de la supervivencia.

La lección de Go Set a Watchman no permanece solamente en las páginas del libro: su génesis y su recepción repican lo predicado. El segundo libro de Harper Lee realmente es su primero, el “padre” del otro, como ella lo llama. A finales de los cincuenta, la escritora entró a la editorial con un manuscrito que narraba la vida de una Jean Louise de veintiséis, sólo para salir con la consigna de restarle veinte años.

De ahí surgió un clásico, un must del curriculum escolar estadounidense, un prodigio en ventas: To Kill a Mockingbird. Go Set a Watchman jamás será como el primero. Carece del encanto, de la soltura y la inocencia que su hijo, página a página, transmite. Es, más bien, un desafío hacia aquello que, solidificado, carecía de una sana maleabilidad.

La mutación moral de Atticus Finch –algo que cada reseña lamenta amargamente– , la muerte de ciertos personajes emblemáticos y, al final, la falta de fuerza para encumbrarse como canónico, son precisamente los elementos que validan la propuesta del libro. Go Set a Watchman atenta contra las ataduras en un mundo que gira gracias a ser un poco sacrílego. La cultura se abastece de manos secas.