Sonámbulos entre cigarrillos y lentes oscuros, así el cine de Jim Jarmusch

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Por Alberto Escalante Rodríguez.

 

El cine de Jarmusch parece un cine de combinaciones, o mejor dicho, de posibilidades; pues en cierto sentido se centra en elementos comunes que se repiten de film en film o dentro de cada una de sus entregas. Parece ser que podemos encontrar los mismos elementos de vez en vez, sólo que “ordenados” de manera diferente. Jarmusch tiene la particularidad de presentar “lo mismo” desde diferentes lugares, a los que apropia como ciudades, o como cafeterías,  o como actores.  Sin embargo, esas repeticiones no pueden pasar por la simplicidad de los objetos que los representan.

Ni las paletas de sangre o de café, ni los cigarrillos, los lentes obscuros, o los actores fetiche son meros objetos; es más, no me parece que representen nada, sino que fungen simplemente como el marco de las obsesiones del autor. Son marcos, porque en ellos se hayan incrustados los diferentes temas que Jarmusch explora, sea la sobrevivencia o el insomnio. Y son obsesivos, por la particularidad de la vuelta a lo mismo de forma neurótica.

 A propósito de Noche en la Tierra (Jim Jarmusch; USA 1991), tenemos tres elementos de estos que nos llaman la atención, el taxi, el mundo y la noche; que se pueden ordenar como “recorrer el mundo en taxi de noche”. En este sentido, ¿qué tramo nos invita a recorrer en taxi y de noche, Noche?

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El viajar es una constante y es por demás constante en muchas ocasiones para Jarmusch, de ciudad en ciudad, de escena en escena, de personaje a personaje; Jarmusch nos entrega aparentes road movies a distintos niveles, de lo micro a lo meta en este aspecto. En Noche, lo micro nos pone el taxi de por medio para realizar el viaje, haciéndonos pensar en un metáfora intrigante, ¿qué furtivo poder pareciera otorgarles “la cabina” a tales personajes desdichados? ¿Es que acaso, fuera del taxi, están bajo cierto desamparo?, ¿Dentro del taxi la cuestión trascendente es el “a dónde ir”?, o ¿simplemente se trata de la cuestión de “dejarse llevar”? ¿De qué les protege el taxi y a la vez de que les esconde? ¿Podemos extraer una metáfora del taxi en Noche? Por su parte, lo meta atisba con la sola idea del viaje; el que conduce no es dueño del destino, pero muchas veces tampoco lo es el que pide el aventón.

Por otra parte, el mundo. El mundo en el mundo de Jarmusch está configurado en ciudades. Las ciudades son un ir y venir en este sentido. Esto ya pasa en Jarmusch una y otra vez: “Los límites”, “Los amantes”.

En otro sentido, la noche. La noche de Noches es deambulante. No es propiamente onírica, no está envuelta en una fantasía particular, sino que para acordar con las ideas de Ródenas, es más bien “insómnica”. La noche de Noche es noctámbula, camina a medias tintas entre las sombras, buscando simplemente no chocar con algo.  Es como un velo a los ojos que amenaza con caerse tras cada interrogatorio de taxista a pasajero y viceversa. La dinámica se vuelve en una competencia en cuanto a quien se le caerá primero el velo, a quien se le vendrá la noche encima.

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Los personajes de Jarmusch son casi los mismos que en “Café”, que en “Los amantes” por lo menos; nerviosos y centrados en sí mismos, sólo que aquí, situados noctámbulamente. Como bien nos hace ver Gabri Ródenas, son sonámbulos. Dicen lo mismo, piensan igual que de día como nos ha mostrado Jarmusch otras veces, pero la noche encierra su neurosis dentro de cierta melancolía. El café que se toma Benigni en “Café”,  es para no quedarse dormido de día, porque vive en la noche de Noche.

Sus expresiones están remitidas a la noche, desde donde el día sólo puede ser añorado o pensado, o en todo caso puede prometer cosas mejores o peores, pero solo prometer. Hay una ansiedad que se percibe por el día, el día que ha quedado incrustado entre el que “ya pasó” o por el que “ya vendrá”. El punto más pasmoso de esta ansiedad nos remite al estar cegados en plena noche, el no poder ver la noche encarnado por Beatrice Dallé.

En Noche, o como es para Jarmusch cada vez que “cae la noche”, los personajes deambulan, los escenarios son solitarios, casi fantasmagóricos, a no ser porque algún guiño a la cordura que rompe mediante las palabras. La confesión forma la parte integral de esta cordura que vuelve. El diálogo regresa a la cordura en contexto. El silencio, la catástrofe que casi siempre logra ser detenida en cuanto se pone en marcha el habla. Los silencios forman parte de este paraje combativo, pues los intercambios entre personaje y personaje no resultan para nada comunicativos, sino tan penitentes que lo que nos entregan al final de cuentas resultan en un mosaico de confesiones.

El taxi como confesionario. Como en todo paraje de Jarmusch, hay una cápsula en el tiempo para pensar el siguiente diálogo. La culpa se asoma en estos vacíos, las miradas, los gestos, muestran esta culpabilidad en los personajes cuando están callados. EL habla quiere la culpa para quebrarla, o por lo menos para transformarla en otra cosa.

Recomiendo mucho seguir los estudios de Gabri Ródenas sobre Jarmusch, en particular a su “Guía para ver y analizar: Noche en la Tierra de Jim Jarmusch. Nau Llibres, Octaedro, Valencia-Barcelona, 2009, 101 pp.”, donde el autor desmenuza al “Insomnio Americano” como el leit-motiv de la obra de Jarmusch, y en particular de Noche en la Tierra.

 

 

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