Frida Kahlo: ¡Viva la vida (a través de una computadora)!

Frida Kahlo. ¡Viva la vida!

Por Mario Mendicuti Abarca

No es lo mismo. No hay punto de comparación. No hay forma de que uno pueda creer ver lo mismo al estar frente a La columna rota, que se encuentra en el Museo Dolores Olmedo, que al observarla desde la pantalla de la computadora en la exposición digital 1907-1954 Frida Kahlo: ¡Viva la vida!, que organiza sobre la artista mexicana el museo mencionado. Es completamente cierto, no es lo mismo. Al interior de cualquier recinto donde se expusiera una obra de Frida Kahlo, resultaría imposible, sin hacer sonar algún detector de distancia, acercarse tanto a cualquier pintura para mirarla detenidamente como en esta exposición, coordinada por Patricia Cordero.

Más allá de las ventajas prácticas —no hay filas, necesidad de transportarse, personas estorbando la vista o comentando erudiciones—, se puede decir que la obra de Kahlo es abordada de manera tradicional. Sin embargo, lo que cambia es la manera en la que se trata. El medio digital permite al curador y al visitante tomar en cuenta detalles que en otros casos sólo podrían ser mencionados y que serían casi invisibles para muchos.

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Dos ejemplos de ello son las pinturas El camión y La columna rota, en las que se encuadran específicamente los guiños que hace la mexicana de ciertos hechos humorísticos (un comercio llamado La risa en lo que parece ser el preludio al accidente que sufrió Frida en 1925) o especialmente dolorosos (las abundantes lágrimas y un enorme clavo que se incrusta en el corazón, en esa obra que es más bien una metáfora llevada hasta las más dura concreción).

La exposición tiene como eje algunos momentos de la vida de Frida Kahlo a los que se hace referencia en ciertas pinturas o con las que es posible vincularlos. A partir de la procedencia de su familia, la historia de su nana, sus varios abortos y las repercusiones de la poliomielitis y del accidente ya comentado, se proyecta de forma estática un ir y venir de la pintura a la fotografía y al texto, para hacernos comprender esos encuentros y desencuentros que marcaron la existencia completa de una de las mujeres mexicanas más conocidas en el mundo.

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A la par, se recuperan ciertos elementos de la pintura de Frida Kahlo que atraviesan su producción de un extremo de su vida a otro. Su relación con lo prehispánico y con la cultura popular mexicana, su característico humor negro, la inolvidable compañía de sus animales favoritos —que, según la exposición, “sustituyen la presencia de los hijos que no tuvo”— y la forma en la que representaba el dolor y la pérdida son mencionados para otorgarle al espectador las armas necesarias para comprender una parte significativa de la obra de Kahlo.

Afortunadamente, Patricia Cordero, coordinadora de difusión y contenidos digitales del museo, utilizó sin mayores pretensiones la plataforma en la que se encuentra la muestra. Sin dejar de lado la creatividad en cuanto a diseño y disposición y la rigurosidad académica de los datos e interpretaciones, se montó una exposición que se ve de forma distinta. Las fichas biográficas y de obra, las fotografías y las pinturas forman un conjunto que casi imperceptiblemente resignifican el nombre de la exposición. Viva la vida deja de ser únicamente el nombre de uno de los últimos cuadros de Frida Kahlo para hacer visible la postura que la mexicana tomó frente a las heridas con las que la vida marcaba su cuerpo. Así, las cicatrices que quedan —físicas, emocionales y espirituales— son enfatizadas gracias al buen uso de lo digital.

 

 

 

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