Por Fernando Cervantes Radzekov
Vivir a la sombra de un recuerdo puede mantenerte vivo, sin embargo la vida que conlleva es miserable. La enajenación de la espera nos convierte en entes grises de los cuales apenas y se vislumbra la chispa de vida que mantiene al cuerpo. Los recuerdos, si bien bellos, son también un anclaje que nos impide ver lo que tenemos en frente. Ganin, un exiliado ruso que vive en Berlín, sufre de lo que él llama nostalgia inversa, la melancolía de no encontrarse en un lugar distinto al que se encuentra. Mashenka, amorío de joven, es quien lo mantiene fijo en una tierra que le es ajena con la esperanza de volver, aunque no sea con él. Mashenka, la mujer que reaviva su recuerdo, es esposa ahora de Alfiódorov, otro exiliado como él.
Respira con la esperanza de volver a tomar su mano, de besar sus dulces labios, de que la mirada inocente le dirija un mensaje de amor… Pero todo eso es algo que, si bien bello, también se sabe que nunca más podrá suceder. ¡Vivir de recuerdos, de recuerdos dulces mientras que quien ganó el corazón de ella te amarga los días! Pero no es él quien lo hace, sino el mismo Ganin por elegir la esperanza y no dejarla, por tomar el recuerdo como algo vivo y no soltarlo, por buscarla a ella y no buscarse a sí mismo.
Vladimir Nabokov, más conocido por su novela Lolita, publicó su primera novela en 1926 en Berlín. Mashenka, nos muestra con una exquisita prosa cómo un hombre puede desmoronarse bajo el peso de sus recuerdos. Se nos muestra que no sólo el dolor por una pérdida se presenta de un modo doloroso, sino que también la esperanza de recuperarlo, los sueños de unión más allá de la carne, es un tormento para quien lo vive. La atmósfera nos contextualiza este desmoronamiento: una época de posguerra donde los refugiados cuentan anécdotas sobre una Rusia platónica. Cada uno ha visto sus ambiciones destrozadas, lo que más sufren es no poder salir de ese estado, el estar encadenados con su miseria y, sin que ellos lo noten, estar conformes y sentirse cómodos por haber perdido toda capacidad de acción. Semejante a una depresión, los recuerdos no levantan el ánimo; las esperanzas son un motivo más de estar encadenados al rincón oscuro donde se finge que nada ha de pasar y que algún día todo ha de cambiar.
¿Pero hay realmente algún motivo para levantarse cuando lo que conocías como idílico ya no existe? Cada uno tiene una historia distinta, la guerra nos afecta a cada uno de una manera distinta. Algunos de los personajes simplemente han dejado la esperanza y tratan de crear una vida lejos de la ideología pasada. La mayoría espera, incluso los viejos tienen la esperanza de salir del estado de enajenación y verse rejuvenecidos en un país nuevo, con personas distintas, donde la guerra no haya tocado la belleza del mundo. Los demás simplemente se han quedado tirados como muñecos sin alma, esperando que algo los reanime. Incluso Alfiódorov, esposo de Mashenka, espera la llegada de ésta luego de innumerables meses, y aunque no lo acepte, sabe que no volverá.
¿De verdad importa que llegue? Mashenka representa la vieja Rusia fantástica de la época zarista, y cuando este idilio se ha alejado y ha mandado a sus hijos lejos de la patria, sólo queda esperar su llamado acogedor o negar la cuna que los ha criado. Mashenka es un grito de por la búsqueda de la individualidad: ser libres de nosotros mismos y formarnos un nuevo futuro y presente, y Ganin, el personaje principal, lo comprende poco a poco, pues para que la vida comience de nuevo hace falta dejar atrás el dulce recuerdo y alejarse de los hilos que aún nos atan al pasado. ¡Nunca más Mashenka!, y con la mirada al horizonte los pasos de Ganin abren su nuevo futuro.
Vladimir Nabokov, Mashenka, trad. del inglés Andrés Bosch. Barcelona: Anagrama, 2006.
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