Her, ciencia ficción del paleolítico

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Por Eduardo Paredes Ocampo

 @e_paredesoc

Constancia queda de un largo sacrificio. Siglos de vivir en cavernas, de rumiar siempre el hambre. Sólo se estrecha el abismo entre el paleolítico y el presente en el arte, fruto de ese martirio, su fiel testimonio. Si sufrir define al ser, en su cercanía con nosotros la primera estética encuentra canon.

            Que en la abstracción, en el hermético simbolismo, de nosotros nos alejemos, es vuelo de la imaginación, no siempre arte. Atinan, a mi manera de ver, las obras que más fungen como espejos: cautelosas no traicionan describirnos. La fuga de la ciencia ficción, de cierta poesía imposible no deja de ser, a este fin, un peligro. La película Her (Spike Jonze, 2013), aunque poetización del será, no estrecha, lo suficiente para traicionarnos, el debiera.

            Las categorías filosóficas del ser y el deber ser pueden también aplicarse al arte. Mientras a la primera pertenecen obras realistas, la segunda cunde en la moral. Aún cuando, en ambas clasificaciones, la factura, en el fondo, como arte las define, el peso del dogma muchas veces opaca lo verdaderamente estético. La mala ciencia ficción, presentándonos un mundo peor alegorizando lo malo del nuestro, no dista de leerse como un simple manual de buenas costumbres. Plagada de arquetipos y clichés, olvida ver al hombre como un universo. Los rústicos trazos de aquella primera pintura –el hombre escapando del depredador, el hombre cazando para sobrevivir- dicen más de nosotros aunque se resuman al puro sufrimiento.

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            Her, en primera instancia, relata el dolor de la soledad. Sólo posteriormente debe verse el ámbito que la recubre: a grandes rasgos fue definida como ciencia ficción. Durante la película, Theodore Twombly (Joaquin Phonix) sostiene una relación con un Sistema Operativo (Scarlett Johansson), un programa que resembla emociones humanas. Pero frente a obras como 2001: Odisea del espacio que plasman nuestra lucha contra la máquina, Her presenta una pugna contra nosotros mismos: la tan nuestra imposibilidad de socialización. Fuera del caos social de muchos futurismos, al final de la película quedamos básicamente como los mismos: el hombre, en su inmensa complejidad, seguirá sin aprender de sus errores.

            Un argumento tan sencillo sólo se poetiza escenográficamente. A la manera de nuestra primera morada, donde el accidente de la gruta esgrime la odisea del hombre, el modernísimo paisaje urbano del filme de Jonze encierra más al protagonista en su soledad, no presenta, como otro paradigma del debiera, un camino mal seguido. Tan largos muros, tan corto su alcance.

            Entre el ser y el deber ser, el pudiera. En donde cayeron, nuestros ancestros dejaron un riego de armas. De cerca, su función bélica, su ansia de corte desaparece. Son estetizaciones, mímica del instrumento: podrían, pero siempre no, servir a lanzas. Las tienen en entierros, las portan, nómadas, en la cercanía de un cesto: más que el diseño en su hogar, tuvieron tan presto al arte. Twombly lleva a Samantha, el Sistema Operativo, en forma de celular, en la bolsa: el fruto del amor, de su sufrimiento, siempre a la mano. Eterna, también, simulación del sentido: el gran problema en la relación es su falta de contacto físico. Tan próxima metáfora, ese programa interactivo y su patología prueban una posibilidad que, en nuestro enredo de redes sociales, al futuro heredamos.