Primero hombres, luego máquinas: Sóviet Sóviet

Por José M. Vacah

@JosMVacah

sovietrostov (1)

Mientras escribo este artículo intento escuchar, con excesivo cuidado, cautelosamente como quien dice, a tientas, bordeando el lago antes de sumergir definitivamente el pie o, si uno es tímido, la puntita (el límite de nuestro dedo gordo), uno de los tres EP grabados por el trío de italianos “post-punks” llamados Sóviet Sóviet.

            Elijo al azar uno de los tres, luego me arrepiento y busco aleatoriamente canciones sugeridas por Youtube. Después de oír tres o cuatro canciones de diferentes EP las sugerencias me conducen a un círculo del que no es fácil salir, una canción que se sugiere así misma que se sugiere así misma, tres videos diferentes para una sola rola. Una rola no se basta a sí misma, pero una buena rola es la interpretación de ella misma, (me he convertido en un filósofo de las búsquedas, un aprendiz de espía-melómano). Los videos me disgustan, una foto en blanco y negro enfocándose y desenfocándose, temblando sobre la pantalla  con una convicción artificial, pero la música me agrada, me atrae la voz que participa entre los acordes,  me recuerda el soberano sótano gutural de un Ian Curtis apenas niño. Lo imagino recién florecido, con su cuadernito de poemas abierto frente a sus compañeros músicos, con los ojos entrecerrados por un sentimiento que intenta ahogarlo, apenas adolescente de su propio dolor venido al mundo, juvenil y desgraciadamente, arrastrada esa voz de perro por las cavernas que desembocan en un grito que no es nada, que no busca nada, salvo representar aquella poesía salida de los sentimientos más sinceros, de los más hondo del hombre. Esta poesía es ya, una manera poderosa de decir algo, sin pretenderlo.

            La voz de Alessandro Constantini, (vocalista y guitarra de Sóviet Sóviet) es ácida y esta característica es ya la primera diferencia frente a los espectros guturales del niño-suicida de Joy Divission. Sin embargo, esta acidez proviene de un hondo resentimiento, se nota, ¿hacia qué?, no lo sé. Los títulos de las canciones parecen advertirlos  este suceso, denotan el asco, el temor y la atracción que causa esta sociedad cada vez más mecanizada, cada vez más artificial. La voz de Soviet Soviet es un grito  que se contiene, la música acelera está manera de aprisionarse, como si un hombre no fuera suficientemente hombre para desaparecerse a sí mismo, para enmudecerse. Una juventud se advierte en este grito vulnerado, hay un frenetismo vital que magnifica el dolor que nace de la lucha contra el propio dolor. El mundo, como lo conocemos, es amargamente atractivo, contradictorio, amado como una princesa  prostituta, deseado por bello y terrible. Siniestra y sublime como una puta de 14 años (parafraseando al maestro Revueltas), la vida es la vida porque no podemos evitarla, porque no podemos dejar de contagiarnos de “ella”. Sé es joven porque no se puede ser otra cosa, y en esta experiencia “juvenil” frente al mundo, cualquier expresión de descontento es ya una victoria contra los otros “miserables conformistas”.

Soviet-Soviet

            He oído como veinte veces una canción que me ha gustado de los Sóviet Sóviet, quizá la única que me ha gustado verdaderamente, (las otras me gustan, pero común y vulgarmente), llamada “First man, then machine”. Reviso la letra, es como un poema. Un poema que encierra, desde el título, la lucha de los jóvenes por no pertenecer a un mundo que los desecha. En este mundo, absurdamente capitalista, sé es primero hombre, puesto que se nace como tal, berreando desde el primer contacto fuera del vientre, luego uno termina convertido en una máquina gracias a los sistemas de “progreso” y “desempeño” a los que un ser humano debe de someterse para ser “exitoso”. Malditos los jóvenes que se educan a través de esta mísera ideología, malditos los que creen en esta forma absurda de competencia.

            ¿Dónde está la Música que pueda evitar esta transformación? (se preguntan los Sóviet Sóviet y me preguntan a mí y yo les pregunto a ellos y a ti querido lector) que degenere este tránsito, muchas veces inevitable, casi siempre inevitable. Será mejor no exigirle demasiado a la música, ni los artistas.

            Escucho detenidamente Prince, prostitutes, me inunda los oídos esa voz ácida. Pienso que se ha corrompido en esta rola, se ha vuelto mecánica, amparada en un bajeo constante que la define como un hierro oxidado, la voz encalla, se somete, sufre, y se convulsiona, apenas partícula de una explosión que pretende desarticular, conmover. A veces dudo de los hombres, pero creo que si un hombre sufre, es por algo.

            Me pregunto, qué significa Summer, Jesus (nombre de su último EP). Trato de descifrar el insoportable eco bíblico que se desprende. No hay sol en las playas de estas canciones, sólo un after punk que no es ni divertido ni soleado, sino punzante y oscuro,. La arena sería gris, como el cemento y en vez de mar sólo hay cristales baratos que dan la sensación de haber salido de una oficina hastiados de su rumor de papeles y computadores, de elementos grises y corbatas planchadas. Ah qué buena canción, (vuelvo a poner por vigésima vez “First man, then machine”) es como una marcha de robots, me digo, chirría la guitarra, y luego la letra me trasporta a un vacío poético en el que una máquina está ejecutando un comando artístico, el juego de las palabras mecanizadas,  la danza del viento mecanizado, el poema de la máquina. Dice la letra I’m washing your ends, washing your ends. Now I’m washing your ants. I’m washing your ants, washing your ants. Hay una broma en esto, somos testigo de un trato injusto, porque cuando no se dice nada es cuando más se está diciendo algo, porque oímos cuando no oímos, probablemente.

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            Yo también estoy limpiando el final, Now I’m washing your hands. I’m washing your hands, washing your hands. I’m washing your ad. I’m washing your head. I’m washing your ad. La máquina-poeta falla, ese ex-humano se atrofia, estamos escribiendo el punto final. Deep.

            Ya es de madrugada, creo que es buen momento de terminar este artículo. Me pongo a leer un libro sobre revoluciones antes de dormir, desde Cromwell hasta Castro, el primer ensayo es sobre la Unión Soviética y la revolución rusa, en él encuentro una cita con la que me gustaría cerrar definitivamente este artículo. Lennin, pensaba que la revolución nunca debería venir desde arriba, sino desde las masas, desde abajo. En 1917 escribió: “La comuna, esto es, los sóviets, no introducen, no se proponen introducir y no han de introducir transformación alguna que antes no haya madurado absolutamente en la realidad económica y en la conciencia de la mayoría abrumadora del pueblo”.