Columna Sangrienta: El asesino de la maleta

Por José M. Vacah

@JosMVacah

para V.

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—Soñé que te arrodillabas para recibirme, entregada a mí abrías la boca. ¿Estabas triste o alegre?  No me decías nada, no me reprochabas nada, al contrario, eras como la mujer tranquila que nunca fuiste, (tal vez por este carácter tuyo fue que me enamoré tanto de ti); entonces me bajabas el cierre y me lo chupabas tiernamente.

—Déjate de bromas. He venido a matarte…

—No estabas triste, pero tampoco estabas alegre, ni enojada, ni resentida, ni nada, no sé si pueda explicártelo. Recuerdo tu mirada perfectamente, pero no puedo describir el gesto con el que me chupabas el pene, había una paz en tu semblante que sólo alcanzan aquellos que pertenecen al reino de los soñados. Lo curioso fue que estabas ahí, sin haber pensado en ti siquiera. Quiero que sepas que desde hace algunos años ya no pienso en ti.

—¿No me oíste? ¿O te estás haciendo el pendejo como siempre? ¡Dije que he venido a matarte!

—Me gustaba como me chupabas, aunque no lo disfrutaba realmente. Tú me entiendes, es que pasa en los sueños que uno no experimenta la sensación de sentir tal o cual cosa, ya sabes, no se siente, sin embargo, el recuerdo está dentro de uno, se recuerda lo que se siente en tal circunstancia soñada. Tú me chupabas y yo recordaba lo placentero que era.

Hablaba pausadamente, como aquel que sopesa las palabras en la lengua, antes de decirlas. Elsa se había acercado a la puerta, iracunda.

—No te vayas, déjame terminar de contarte mi sueño.

Ella regresó  a la mesa y se sentó con furia, por lo severo del movimiento un vaso cayó y se hizo añicos, pero ninguno le tomó importancia.

vaso roto

—Entonces comencé a venirme, dentro de tu boca. Recordé que no te gustaba tragarlo y lo saqué rápidamente, (ya ves, siempre he recordado tus manías). Al salir seguía chorreando, y mientras experimentaba el placer de la eyaculación, comprendí que algo andaba mal. En lugar de semen, un sarro negro me comenzó a salir, sí… era una especie de arcilla oscura y húmeda que me brotaba, en porciones, como el residuo que queda en el fondo de una taza de café al acabarse, un puñito de masa negra. El placer se convirtió en dolor, porque fue que me vine varias veces expulsando aquella pasta dolorosamente. De pronto comprendí que estabas gritando y comencé a asustarme, el sarro caía sobre la alfombra que había en la habitación, aquí y allá, ensuciándolo todo. Eyaculé como un enfermo, y todo estaba sucio ya. A medida que sacaba una nueva porción de aquella asquerosa grasa, su color se tornaba más claro, eyaculé como cincuenta veces ¿puedes creerlo? poco a poco se iba el dolor y el aceite clareaba, de negro se tornó café y luego verde oscuro; y antes de expulsar el semen común, con la última venida, saqué una pasta amarillenta que se derramó sobre todo el cuarto.

—Me das asco, eres repugnante, yo no sé cómo pude aguantar vivir contigo, ¡puerco!

Al decir esto se levantó de la mesa y escupió, pero su saliva, que tenía como blanco el rostro de su marido, cayó sobre el muslo de éste.

—Después me ayudabas a limpiarlo todo, y el semen lavado, me recordó la fugacidad de las pasiones…  es que todo deseo culmina en un escenario así, sucio y vulgar, jodido, sí, tan sólo jodido. Como cuando entras al baño, con la necesidad imperiosa de cagar, y alguien ya ha hecho en el inodoro y no hay agua corriente. Todo es la acumulación de una gran mierda.

—Cuando éramos niñas, mi madre nos hacía limpiar (a mi hermana y a mí) el sarro que se acumulaba en el excusado con servilletas. La puerca nos castigaba por cualquier cosa.

—¿Querías a tu madre?

—No. Tal vez por eso me vine a vivir contigo, para salirme de aquella casa. Pronto comprendí que tampoco te amaba, y que tarde o temprano terminaría asesinándote.

Roberto y su esposa se miraban de frente, eran dos animales furiosos y agotados por una miseria que los hundía, que les apretaba el alma, humillándose mutuamente. Obligados por un rencor madurado a través de mucho tiempo del que no podían escaparse.

Elsa sacó una pistola y la mantuvo firme a la altura de su vientre apuntando hacia la cabeza de su esposo, que permaneció sentado, indiferente al arma sorpresiva, resignado a cualquier desenlace.

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—¿Por qué no tienes miedo de que dispare?

—Porque hagas lo que hagas, no serás tú quién me mate. Y este es el acontecimiento que esperaba, ahora lo comprendo, era necesario que vinieras dispuesta a chingarme, que escupieras todo tu  rencor, que sacaras la pistola y me apuntaras a la jeta. Entonces, a punto de jalar el gatillo, te arrepentirás, y si alguien, algún espectador remoto de esta escena te preguntara cómo te sientes en este momento, tendrías ganas de echarte a llorar sobre mis brazos y pedirme perdón por este escenario, porque yo fui el único en tu vida que te ha ofrecido lo más cercano a la ternura.

Elsa comenzó a temblar frente a su esposo. El la miró sereno.

—Voy a disparar Roberto… es necesario que esto termine así.

—Pero Elsa… todavía podemos rehacer nuestra vida, cambiar las cosas. ¿Y nuestros proyectos?

Roberto sonrió amargamente. Al verlo sonreír así, a Elsa se le llenaron los ojos de agua y la pistola le pareció de pronto muy pesada, suspiró:

—Ilusiones, Roberto… esplendores.

—Sí, esplendores… pero ¿dónde aprendiste esa palabra tan linda?

—No sé. Creo que la leí en algún libro.

Al decir esto se llevó la mano libre a los ojos, apretándoselos, hundiéndolos como si quisiera con esta acción detener el llanto que ya no podía reprimir. Roberto, aprovechó esta acción para embestirla, instintivamente. Lo hizo con tanta fuerza, que la cabeza de Elsa, de espaldas al muro, se estrelló contra éste, el golpe provocó un ruido estupendo. Cayó desmayada, un chorro de sangre salía de su nariz, mientras la cabeza se le hinchaba como una pelota.

            Durante un instante, Roberto se quedó mirándola, con el aliento entrecortado, y los ojos inyectados en sangre. Estaba asustado y triste, esperaba que Elsa opusiera alguna resistencia, en el fondo deseaba combatir con ella y, en el forcejeo, mientras intentaba arrebatarle el arma, ésta se disparara: la idea de matarla accidentalmente lo seducía. Ahora el arma estaba libre y permanecía en el suelo como un juguete.

Tomó la pistola, la miró atentamente, la pesó, la limpió de las huellas de su esposa, la acarició, estuvo a punto de besarla, recordó escenas de películas sangrientas y, cuando menos lo esperaba disparó al cuerpo de su mujer, sin darse cuenta de lo que hacía. Pero la pistola no estaba cargada.

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            No se puede explicar la cólera que nació bruscamente en el cuerpo afiebrado de Roberto al darse cuenta que el arma estaba vacía. Tal vez, en otras circunstancias, un hombre como él, expuesto a tan tremendo giro del destino, se hubiese humillado ante el amor de su vida, y le hubiera lamido las heridas hasta hartarse de una sobrada ternura. Otro hombre hubiera llamado a la policía, y a lo mejor, si todo marchaba bien, se hubiera podido averiguar que todo fue un estúpido accidente. O tal vez, lo hubieran juzgado como al perro que tras defenderse mordió al niño que lo pateaba, para terminar sus días como una bestia condenada.

            Pero la furia lo tomó de los brazos. De pronto, Roberto estaba descuartizando el cuerpo de su mujer.

            Veía a su esposa en los tumultos de una ciudad monstruosa, entre seres monstruosos que esperaban el transporte, alejándose con una sonrisa inútil, meneando la mano en una despedida miserable.

—Adiós Roberto, algún día voy a regresar por ti.

La voz llenaba el cuarto, con una densidad parecida a la sangre. Tomó una maleta y colocó a su esposa descuartizada.

—Amor mío, mi pobre amor… qué vida la nuestra… ¿Estás enojada? Regresa cuando quieras Elsa, regresa y jódeme, pero la próxima vez, te lo pido por favor, trae la pistola cargada para que me mates. Dulce vida mía, alma mía…

Antes de salir con la maleta, procuró limpiarlo todo. Tomó una botella de cloro y la vació sobre el cuartucho, mojándolo todo, frenéticamente, como en su sueño.

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