Los Espíritus: Trance chamánico y psicodelia infinita

Por Nallely Pérez

Para Maxi Prietto, uno de los dos vocales de la banda argentina Los Espíritus, la trayectoria de la misma permanece en la oscuridad del circuito under, pese al poco más de un lustro de faenas y la creciente oleada de entusiastas escuchas a lo largo de Hispanoamérica, pues Charly García no sabe quiénes son.

Apenas en mayo pasado lanzaron en plataformas digitales y colgaron en su popular canal de YouTube, Agua Ardiente, su tercera rueda, la cual están próximos a presentar el 6, 7 y 8 de julio, respectivamente, en La Despacheria de Puebla, el Pasagüero de la Ciudad de México y el Foro Independencia de Guadalajara; una añada después de su primera visita al país y tras consolidarse en festivales tales como Lollapalooza en su tierra natal y Altavoz de Colombia, donde harán escala previo a su arribo a México.

El tránsito hipnótico —por el que el sexteto bonaerense se desplaza mezclando funk y psicodelia—aderezado por líricas ácidas que dan paso a ritmos folklóricos y cánticos chamánicos no han logrado colocarlos en el gusto del autor de No voy en tren, voy en avión ni tampoco en portadas ni de revistas indie, tal vez porque en esta época se suele dar más relevancia a las caralindas y a los culos parados, antes que al atroz actitud, misma que Los Espíritus exudan.

Dados a conocer de forma incipiente en tierra azteca por Lo echaron del bar, tema de bajeo joydivisionesco que lograra en 2012 colocarse en la cima del chart anual de una alternativa radiodifusora capitalina, la agrupación tardó para entregar su primer largaduración. En un inicio su configuración dilató en cuajar, porque lo que unió a sus integrantes fue, antes que todo, la idea de juntarse a hacer música sin más objeto que pasarla bien.

Con Noches de verano, el álbum homónimo mostraría aún resabios del sonido que caracterizara a Prietto cuando éste viajaba al cosmos con Mariano [sic], con el que formó un dueto de guitarra y batería que se colocó a principios de milenio entre los favoritos de la escena alternativa porteña. Sin embargo, la obra desplegaría también el sonido que más tarde se convertiría en el sello característico de Los Espíritus, muestra de ello son Mina de huesos, El gato, Jesús rima con cruz y la erizante Aunque nos vayamos.

Al editar en 2015 el segundo álbum, Gratitud, Santiago Moraes (voz y guitarra acústica), Martín Batmalle (bajo), Miguel Mactas (guitarra eléctrica), Fernando Barreyro (percusión y coros) y el colombiano Felipe Correa (batería) construyeron una atmosfera inconfundible de principio a fin. Así, a lo largo de 11 regios temas que parten pluviales con La crecida y culminan con la psicotrópica El palacio, amarran un sonido único que en la actualidad remite a las bandas funk de las décadas de los setenta. No obstante, el blues se cuela en los paisajes que edifican, ejemplo de ello es Negro chico y el cover que hacen a Pelea callejera de 2 Minutos, versión prácticamente irreconocible en comparación con la punketa original.

Poco a poco, esos espíritus que se dice pueblan la geografía argentina, esos mismos que merodeaban cuando a la luz de una citadina hoguera comenzaron a reunirse a tocar en el barrio del Pappo, se apoderan del sexteto que con Agua Ardiente se plantea la necesidad de hacer de la agrupación algo más que un hobby. El tercer material de los orquestados por Maximiliano Prietto es una entrega que crítica retrata la situación política (Las armas las lleva el diablo) y la crisis ambiental pre hecatómbica (El viento) que el planeta atraviesa, debido a que La rueda que mueve el mundo sólo dicta: “comprar y comprar”.

No obstante, los de Buenos Aires que otrora tuvieran en sus filas a Nicolás Jalfen, no caen en la propaganda ni tampoco en el fatalismo. No, si el mundo está entrando en una encrucijada cuyo panorama no es ni será alentador, Los Espíritus chillan “vamos a cantar, vamos a bailar”; incitando a un hedonismo nada banal. Con piezas como Jugo, Esa luz, Luna llena (secuela de su cadenciosa Vamos a la luna) y Perdida en el fuego, nos invitan a instalarnos en la introspección de una fogata nocturna.

Tal vez, Charly García siga a la fecha sin saber quiénes demonios son Los Espíritus, ello importa poco, el que toca el piano como un animal y es capaz de desplantes tales como derramarle un trago encima a la mismísima Björk no tendría, pese a que es y seguirá siendo una autoridad musical, por qué estar enterado. En lo absoluto, cuando en el albor de los ochentas él ya era un divo, había algunos que nacían para estar de más el globo y ser su relevo.

 

 

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