‘Plaza de la soledad’: la esperanza es una herida que sangra en el infierno

Por José M. Vacah

La prostitución es un infierno donde se muere a muy corta edad. Las sexoservidoras que traspasan el umbral —establecido por los parámetros del comercio y la esclavitud sexual— encarnan en su propia condición de trabajadoras, en un oficio tan antiguo como la sociedad misma, la esperanza. Esta esperanza se manifiesta como una herida abierta y sangrante en medio de la marginación, la pobreza, la violencia y la soledad.

La fotógrafa Maya Goded ha revelado, a través de su ópera prima Plaza de la soledad, la forma más brutal de la esperanza. Ésa que habita en la intimidad de las mujeres más ignoradas y más violentadas, aquellas que muy pocas veces se les ha concedido el derecho a la palabra. De esta manera, a través de su propia expresión estas mujeres invisibilizadas reclaman también su derecho al amor, esa otra forma de esperanza que se diluye en una realidad que no admite otra naturaleza que el abandono.

El documental aborda los anhelos y los miedos de un grupo de mujeres mayores de 50 años que se prostituyen en la plaza que lleva el mismo nombre del largometraje y que se ubica en las entrañas de la Ciudad de México.  Enclavada en un punto neurálgico del Centro Histórico, el barrio de la Merced, la plaza y sus calles aledañas se convierten en el referente para establecer una cartografía de emociones profundas y desgarradoras.

La directora no se propone otra cosa más que mostrarnos este sórdido paisaje humano que las protagonistas revelan a través del testimonio de su vida. El pasado y el presente de vidas dolorosas que de ninguna manera son presentadas desde un punto objetivo, o periodístico.

Detrás de la cámara, en el ojo de la autora, existe la fascinación y el rechazo por estos personajes urbanos. Porque es imposible que la autora se mantenga al margen de ese mundo que ha retratado, todo lo contrario, Goded es parte de ese mundo aunque ella misma no sea una protagonista. Pues durante muchos años la fotógrafa se ha dedicado a retratar a las sexoservidoras de la Merced, y ahora a través de la cámara desentraña la condición de estos seres humanos sometidos por sus propias circunstancias.

Si la Plaza de la Soledad toma su nombre por la cercanía que tiene con la Iglesia de la Soledad, los personajes femeninos también se mueven en esta frontera que sólo existe en términos morales (por supuesto señalados por la sociedad y no por la perspectiva documental). Esta aparente dicotomía intenta ocultar la violencia sexual y psicológica que millones de mujeres en el país tienen que enfrentar toda su vida, es así como el lado más crudo de la prostitución es exhibido. Carmen, Ángeles, Esther, Raquel, Lety y los otros seres protagonistas de este largometraje son el reflejo de esta violencia que sólo tiene dos escapatorias: la locura, por un lado, y por el otro, la muerte.

Así como no hay juicios morales en la perspectiva documental de la autora, no hay punto medio en las declaraciones de los personajes, las emociones se manifiestan brutales de tan honestas, ridículas en algunos casos y en otros completamente conmovedoras. El espectador tampoco tiene un punto medio, su inmersión en este mundo es absoluta.

La perspectiva de este mosaico de seres humanos es contrastante, porque en este pequeño infierno también existe la felicidad, que se crea a partir de las relaciones sentimentales y amorosas que se tejen.

Como el caso de Ángeles y Esther, dos prostitutas que mantienen oculta una relación de más de 14 años, y que bajo este ocultamiento, en los confines de una intimidad custodiada celosamente, la cámara descubre en su total intensidad.

Otro caso significativo es el de Carmen y Carlos, quienes mantuvieron una relación durante muchos años basada en el respeto y la honestidad. Con esto, el documental también aborda el testimonio de una figura masculina que se integra a estas voces para mostrarnos una masculinidad también invisible, porque no es esa masculinidad aprisionada por el machismo que evidentemente esperaríamos en esas circunstancias hostiles.

De esta manera el amor aparece como un fantasma que se advierte en su total fragilidad, porque las protagonistas están al borde de la fragilidad de sus propios cuerpos, avejentados, desgastados, violentados.

La exhibición de Plaza de la soledad forma parte del ciclo #MásCineMexicano organizado por Cine Tonalá a través del cual se  busca dar una mayor difusión del cine nacional independiente.

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