El fin de la paradoja/ el inicio de la extinción

 

Imagen: Barbara Kruger

Imagen: Barbara Kruger

Por Eduardo Paredes Ocampo

Paradójicamente, la paradoja representa uno de los elementos comunicativos más funcionales del lenguaje humano. En términos evolutivos, le es hasta consustancial: el habla resulta parasitaria del sistema respiratorio. Dado que comparten los mismo órganos, la capacidad de oxigenar el cuerpo de, por ejemplo, aquél que corre de un depredador, se reduce por su habilidad de producir sonidos articulados. (Lo mismo pasará, seguramente, con respecto al sistema digestivo: dientes, lengua, etc.). Sin embargo, esta facultad tan contraintuitiva a la existencia, permitió a ser humano organizarse para derrotar a la extinción.

La paradoja sustenta culturas enteras, sienta las bases de religiones y habita el centro del discurso artístico. En la noción de tragedia, una de las más antiguas concepciones de la teoría del arte, subyace la conciliación de opuestos. Su apreciación estética –una consecuencia positiva– está condicionada enteramente por su forma negativa –la presentación de una desgracia. Tampoco la historiografía artística, la medicación de valores estéticos e históricos, se basa siempre en concordancias.

Imagen: Barbara Kruger

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The Birth of a Nation de D. W. Griffith, por ejemplo, clasificada por muchos como la obra maestra del cine mudo, representa, a su vez, la inspiración para la resurrección del Ku Klux Klan en Estados Unidos. La idealización romántica del Klan y la denigración de la población negra son (y siempre deben de ser) problemáticas a pensar en un nivel político. Pero, para el mal de muchos, en el plano puramente estético, son herramientas comunicativas que ponen a la obra en el centro del canon. Con estas paradojas es más que justo existir. Demuestran una realidad compleja, un mundo imposible de catalogar como uno.

En el último año, la paradoja como útil herramienta comunicativa, ha sufrido una trivialización y una deificación. Se le niega al aceptar discursos simplistas, persiguiendo a la diferencia y pensando en un uniforme e inquebrantable lazo entre el ayer y el mañana.

Imagen: Barbara Kruger

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A la paradoja también se le ha desnudado de su poder retórico, de su oscilante efecto estético. Un mundo acostumbrado a ser paradójico ahora se cree puramente contradictorio. Para las minorías y los perseguidos, una existencia que tiende a lo primero es posible –lo asistemático (la injusticia) se reconoce como consustancial al sistema (a la “justicia”) y sólo es cuestión de cambiarlo para que las condiciones muten. Pero no existe refugio en la contradicción. Ahí, los opuestos son inconciliables. “Lo uno” no sabe (ni quiere saber) que depende de “lo otro”.

En forma de mentira, la contradicción se ha divinizado –siendo mentir la oposición absoluta entre verdad y ficción. Nunca como hoy el poder político le ha dado cabida, dotándola, con ello, de la casi absoluta irrefutabilidad. Nunca como hoy los hechos se han presentado como simples opiniones.

Habrá que preguntarse hacia donde va una especie que niega uno de los principios básicos que le dieron existencia.

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