Necios: una reseña sentimental de Reflektor de Arcade Fire

ArcadeFire

Por Eduardo Paredes Ocampo

@e_paredesoc

A Marisol Tarriba

Necios nos hace el amor. Si en soledad todos nacen y mueren, cualquier pausa de ese abandono se abstrae de nuestra naturaleza: a manera de inmortales amamos. Paradójicamente, al ser mero reflejo de subsistencia, nada como querer nos muestra más terrestres. Obstinarse, motivo principal del Reflektor de Arcade Fire, basa nuestra humanidad y, al mismo tiempo, los tientos por trascenderla.

            Cuidando desde el primer acorde hasta el arte de la portada, siempre siguiendo un interés conceptual, Arcade Fire ensambla nostalgia en sus discos. Con canciones como “Wake Up” o “City With No Children” Funeral (2004) y The Suburbs (2010) son odas a la infancia. En Reflektor (2013), sin embargo,  notamos a su característica melancolía madurar . El verso “We fell in love when I was nineteen” de “Reflektor” abre el disco al recuerdo de la  primera ruptura amorosa.

 

             “We exist”, la segunda canción del álbum, explícitamente canta el corte.“You’re down on your knees/ begging us please/ praying that we don’t exist”, frase que se repite durante toda la pista, figura el nivel de desesperación alcanzado por quien deja: impulso antiexistencial, tanatológico. Sin embargo, rebatiendo a contravoz la idea, Win Butler redime al dejado. “We exist”, “We exist”, “We exist”, “We exist”: terco recordar que, si para uno no acaba, el amor subsiste.

Tiene el álbum un ombligo mítico: los tracks 7, 8 y 10 hablan de Juana de Arco y la fábula de Orfeo y Eurídice. De entre ellos, “It’s Never Over (Hey Orpheus)” refleja, como en otras partes del disco, un aferrarse después del fin.  Si los versos “Seems like a big deal now/
But you will get over/ […] When you get over/
And when you get older/
Then you will discover…” siguen una tónica de superación apoyada por la suave melodía, la frase que los completa, “That it’s never over”, vuelve a presentar, con un enérgico riff de guitarra, la paradoja del disco entero: atraviesa la eternidad todo pasado amor.

 

            “Afterlife”, la canción que corona Reflektor, comienza con una curiosa frase: “Afterlife, oh my God, what an awful word”. Más adelante, encontramos su complemento en la estrofa “When love is gone/ Where does it go?”. Ambas letras, fuertes poéticamente por rozar con lo divino, contradicen los supuestos beneficios de la bienaventuranza. No vive lo bello -el amor, su epítome- en el Más Allá. Así regresa Arcade Fire a uno de sus primeros postulados, presentado desde “Reflektor”: “If this is heaven/ I don’t know what it’s for/ If I can’t find you there/ I don’t care”.

            Por eso, en el coro de “Afterlife”, Win Butler insiste: “I’ve got to know/ Can we work it out?/ We scream and shout ‘till we work it out”. Nada ata al último intento. Sin vida en el cielo, ¿quién previene que construyamos aquí algo parecido? Y en el intento, sí, sufrimos, gritamos, pero será siempre a expensas de abolir el fin con infinito.

            Los dioses griegos, presencia del Reflektor, caen ante lo más nuestro: Hades, ablandado por los cantos de amor de Orfeo, libera a Eurídice del infierno;  Zeus, como un animal enamorado, baja del Olimpo a violar. Envidan sí, la banalidad del querer, su esencia de ensuciarse,  pero también lo perciben -en los ojos de la amada, en el río donde acechan ninfas- como un reflejo. Si la divinidad muta en toro, rompe reglas universales por amor, ¿qué no haremos nosotros, los necios a quien verdaderamente les pertenece?