La La Land o el renacer del musical norteamericano

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Por Qornelio Reyna

No hace falta decir que una de las mejores películas del 2016 es La La Land, cinta que  se estrena en México luego de arrasar los Globos de Oro y la taquilla internacional. Con hype en todos los medios, muros de facebook y cientos de tweets, es sin duda uno de los primero hitazos del 2017.

Damien Chazelle regresa con su tercer largometraje tras la “oscareada” Wiplash (2014), con una cinta que le tomó años en gestar y que propone un giro refrescante al musical norteamericano por un lado y una carta de amor a Los Ángeles, al viejo Hollywood y a la industria que lo recibió con brazos abiertos por el otro.

Cabe recordar que el cine musical nació con la llegada del cine sonoro y que fue en gran medida Hollywood y su cine escapista el que configuró sus normas -prestadas del teatro-, así como formar parte crucial en la consolidación del star system de la época de oro, por allá de los años 50.

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Sin embargo, con el paso del tiempo y la madurez del séptimo arte, este género paso a convertirse en un asunto de culto con grandes títulos como Vaselina (Kleiser, 1984), Rocky Horror Picture Show (Sharman, 1975), Sound of Music (Wise, 1965), Mi Bella Dama (Cukor, 1964) y otros más contemporáneos como Chicago (Marshall, 2002) o Moulin Rouge (Luhrmann, 2001).

En La La Land Ryan Gosling y Emma Stone nos guían a través de una típica historia de “chico conoce chica”, cuando ‘Sebs’ y Mia se enamoran de a poco mientras bailotean por ahí y juegan todas las viejas cartas del cine romanticón.

Luego de que ambos decidan cumplir sus sueños de abrir un club de jazz y de ser una gran actriz respectivamente, deberán tomar una decisión que marcará el resto de su vida: elegir el fantástico amor que se tienen o el crecimiento profesional.

La La Land hace uso de mil y un artimañas para endulzarnos los ojos y oídos con elocuentes bailes perfectamente cronometrados en planos secuencias y fotografiados con colores brillantes sobre los rostros de los hermosos actores.  Además, la química entre sus protagonistas le obsequia otro dejo de encanto y fantasía consolidándolos como parte vital del star system actual.

Chazelle se convierte en un niño montando un espectáculo de Broadway en su cabeza con unos Ginger Rogers y Fred Asteire resucitados en los cuerpo de Stone y Gosling. Recuerda, no a los musicales de culto de los años 80, sino las grandes joyas oscareables de los 50 y las recorta con bisturí para unirlas con cuidado en una cinta hecha específicamente para gustar.

No hay más. Su estilo vintage, muy ad hoc con el gusto popular de la época, y la frescura de sus actores renueva el género olvidado y lo trae con harta vida al siglo XXI.

La La Land es manipuladora, emocional, excitante y lúdica. Obliga al espectador sumergirse en su amplio formato, sus apabullantes colores y su estruendosa banda sonora, quizá un poco como lo han hecho otras películas de gran producción e historia sencillona. Es una película para el gusto universal, un producto de la cultura pop que para nada viene a descubrir el hilo sino que viene a recordar el poder ensoñador del cine.

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