La carrera que no termina

La regata

 “Que ya no duela no significa que vaya a sanar.”

Por Francisco Marín

Alex entra a su nuevo hogar mientras le seguimos hasta llegar a su habitación. Se detiene, la observa y nos deja fuera cerrando la puerta. Dentro de su alcoba lo primero que busca es la manera de echar cerrojo a la frágil madera que lo separa del resto de su hogar, pero le es imposible continuar ya que su padre ha llegado. El primer encuentro que atestiguamos nos deja claro que existen diferencias irreconciliables entre los dos protagonistas. Alex pone una barrera entre él y lo que, a primera vista, sería un padre normal.

Acto seguido, la cámara nos enfoca en el entrenamiento de remos de Alex, quien, con muchos esfuerzos, trata de mantener el ritmo. Su ejercicio se torna tortuoso mientras queda expuesta una herida que lacera su pierna y al mismo tiempo no le permite olvidar.

Alex, como muchas personas alrededor del mundo, se encuentra en una situación de abuso intrafamiliar que ha dejado huella en su vida emocional, psicológica y física. Al recibir todo tipo de maltrato, el cuerpo de Alex se nota resentido; su desarrollo como deportista y como ser humano se ha mermado, situación que impacta todos los aspectos de su persona ya que, al no tener una opción de huida evidente, percibe en los remos un medio único de existencia y realización personal.

La regata 3

Tras meses de ausencia, a causa de la herida producida por su padre, Alex se reincorpora a sus actividades sin encontrar el éxito esperado. Su repentina desaparición y falta de habilidades comunicativas le han provocado un ensimismamiento por miedo al otro; miedo al contacto natural, físico y necesario con otra persona: reacciona ante cualquier acercamiento de la única forma que conoce, la violencia.

Gracias a un montaje dinámico y a la acertada dirección histriónica somos capaces de comprender la magnitud de un hecho, tristemente cotidiano para miles de personas, que muchas veces pasamos por alto como un tabú: el abuso y la violación. Las tomas elegidas por Bernard Bellefroid nos permiten apreciar el lenguaje verbal y no verbal de los implicados, dejando al desnudo sus emociones e intenciones. El padre, catalogado por el mundo como un perdedor, no logra poner rumbo a su vida y compite intensamente con su hijo, al grado de no permitirle conseguir las metas que se impone para superarse a sí mismo.

A través de una banda sonora elegida idóneamente para representar a un adolescente, y su conjugación con momentos clave de la reconstrucción como persona de Alex, se nos muestra la gama de emociones que vive el protagonista.

El guión, escrito por Bellefroid y basado en sus experiencias, no se detiene ante la crudeza del tema; la afronta sin miedo y con sobriedad, mostrando hechos sin obligar al espectador a tomar partido, es una carta abierta llena de dolor pero también de perdón, perdón para poder sanar y continuar un viaje por aguas más tranquilas.

Alex se encuentra en una regata que parece no tener fin, una en la que los espectadores aparentan estar más concentrados en las fallas del remero que en la dificultad de las corrientes a las que se enfrenta, una carrera que inicia en solitario pero que no será capaz de terminar a menos que alguien lo acompañe en su viaje, una carrera que no termina nunca pero que enfrenta con voluntad y coraje.

Al ver directamente los ojos de Alex no se puede evitar tener sentimientos de culpabilidad y complicidad, fuimos testigos silentes del sufrimiento de un tercero, un jurado con poder de acción de cambio que se limitó a observar sin decir palabra… la cinta es una invitación a no voltear la mirada.

La régate

Dir. Bernard Bellefroid, 2009

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