Silver rockets coming: sobre The Propaganda Game y Blur

 

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Por Eduardo Paredes Ocampo

“By the time your sun is rising there”, desde Londres le canta Damon Albarn a su interlocutor en Pyongyang, “out here it’s turning blue”. La distancia en tiempo se traduce. Hacen de horas los kilómetros –la noche se esparce desde Albion hasta Kamchatka. Pero con la siguiente frase –“ silver rockets coming”– otra lejanía resuena: como ocaso y amanecer, las culturas –Británica, Nor-Coreana– difieren.

Corea del Norte –en desafío a lo internacionalmente pactado– lanzó un cohete hacia el espacio. Meses antes, los registros sísmicos del Pacífico mostraron una actividad inusitada –los expertos concluyeron que un arma nuclear había sido detonada. Al poco surgió el culpable: Pyongyang.

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En la era de la comunicación, pocos lugares quedan distantes. Las fronteras físicas –ríos, montañas, desiertos– le ceden su hermetismo a las políticas. Por eso, Corea del Norte se ha desasido de su ser peninsular para volverse, según Blur en su canción “Pyongyang”, una “island where I’m held”.

Blur construye una Corea del Norte similar a la de Álvaro Longoria en su documental The Propaganda Game (2015). En su película, el director español es invitado al país asiático por el único extranjero que trabaja para el gobierno Nor-Coreano –precisamente otro español. Con un co-nacional como guía, la distancia, pareciera, se acorta. Para abrir las puertas hay un paisano.

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Blur establece la misma intimidad con su interlocutor, el “you” de la canción, el “kid” que habita la ciudad de “perfect avenues” y “cherry trees”. Sin embargo, a diferencia del entusiasta Alejandro Cao de Benos, totalmente aclimatado a Corea, el “kid” emana un constante derrotismo: “tomorrow I’m disappearing/ Cause the trees are amplified/ Never ending broadcasts/ To which I do not despite”.

“Dispite”, disputar: la mansedumbre vive en los dos personajes. Lo comandado por el Supremo Líder, ya sea por convicción, ya por impotencia, nunca se questiona. Esto, que desde el principio aleja al “kid” de nosotros, termina distanciando a Cao de Benos también. Su convencimiento –lo vemos siempre uniformado de soldado; celebrando hasta lo más irracional de su líder– nos es del todo ageno. La gran cantidad de personalidades que Longoria entrevista para su documental incluye expertos españoles. No hay uno que no tache a Cao de Benos, su paisano, de lunático.

Hay algo, empero, que permanece cercano. Sin importar el contexto, la mentira, desnuda, reluce. ¿De todo lo que compartimos como especie, no es el engaño lo más intrínseco en nostros –británicos, españoles o nor-coreanos? A pesar de todos los años que Cao de Benos lleva de vivir en Pyongyang, no conoce ni una palabra de coreano. Paradójicamente, su comunicación se reduce al inglés, el idioma del enemigo. No importa que tan bien se oculte la realidad de Corea del Norte, las tomas espaciales, donde el país aparece totalmente a oscuras, no mienten.

“Darkness is itself”.

 

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