Room: el nacer consciente

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Por Qornelio Reyna 

¿Si un árbol cae en medio de un bosque pero nadie lo escucha, en verdad hace ruido? ¿Si se nos dice que el mundo existe pero no podemos verlo, podemos fiarnos en que está del otro lado del muro?

Brie Larson (la ex-malvada Envy Adams en Scott Pilgrim vs. The World, 2010) y Jacob Tremblay (The Smurffs 2, 2013), dirigidos por Lenny Abrahamson (Frank, 2014), traen en esta época de premiaciones Room (2015), basada en la novela homónima de Emma Donoghue, un muy sensible filme acerca de la adversidad, el amor y el contacto primerizo con el mundo.

La reconocida cinta le valió a Tremblay la nominación a Mejor Actor de Reparto  en los Screen Actors Guild Awards y a Larson una larga lista de premios donde destacan el Globo de Oro, el BAFTA, el premio de la crítica y el SAGA; además, la película está nominada a Mejor Director, Mejor Película y Mejor Guión Adaptado en los galardones de la Academia 2016.

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En Room, Joy o “Ma”, es una joven madre que fue secuestrada a los 17 años y violada constantemente por “El viejo Nick”. Relación de la cual nace Jack, un niño que no conoce más que la pequeña habitación donde su madre y sus amigos -una planta, unas sillas, un ratón y un televisor- habitan.

A partir de tres elementos fundamentales, Abrahamson no nos muestra la historia de una madre y un hijo que escapan, o de un par que una vez libres, tienen que adaptarse al mundo, sino ambas.

Por un lado, “Ma”, víctima de una juventud arrebatada por la maldad de un hombre enfermo, tiene varios problemas a resolver. Primero, el ansiado escape planificado durante años; segundo, asegurar la protección de Jack ante toda amenaza… el amor de madre, al fin, infinito; tercero, su propio bienestar emocional, que en quiebre, ve a la muerte como un único escape, regalándonos a una Larson como nunca antes vista: intensa, adolorida, pérdida y reencontrada.

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Por otro, Jack, un carnoso personaje, nos recuerda aquella época maravillosa donde el mundo era gigantesco y sorprendente. Prácticamente vive en un estado uterino hasta el escape, donde nace por fin, salvo que cuenta con el elemento del cual carecemos todos en principio: la consciencia del entorno.

No es gratuito que durante sus primeros pasos en el mundo exterior todo sea borroso, como las primeras luces percibidas por un recién nacido. Tampoco es de extrañar la imperdible cara de la vista alzada al cielo. Una joya de interpretación que sólo un niño, por su propia naturaleza curiosa, podría cumplir.

Finalmente, la familia, el resto del mundo, la reinserción social de ambos. Los abuelos, cálidos y comprensibles, muestran que ante la tragedia sufren tanto como su propia hija y ven en Jack una señal de esperanza. La sociedad, que los convierte en héroes desde su trinchera: periodística (aparentemente sensible), institucional y social (verdaderamente sensible).

Respondiendo y recapitulando: sí, posiblemente el árbol haga ruido, pero si no conoces un árbol y el ruido que produce cuando cae, seguramente no importa. No podemos entender lo que no conocemos o viceversa. Jack, consciente de un mundo ficticio para todos pero real para sí mismo, no lo escucharía en principio.

Sí, se fía de la madre y sus falsos relatos pero también se fía cuando ésta le dice que todo lo que conoce es mentira, sin embargo, nada lo prepara para ese primer contacto con el mundo, su verdadero nacimiento y posiblemente el renacer de su madre, fuerte para su hijo, pero débil consigo misma.

En suma: un dramón de aquellos que puede  recordarnos las extrañezas más obviadas de lo que nos rodea, nos demuestra el infinito amor de una familia que nos recibe con brazos abiertos o nos quiebra frente a la adversidad y nos rescata junto a los protagonistas.

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