Vikingo: el sub-mundo de lo marginal y urbano

 

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Por José Alberto Escalante Rodríguez

En el espíritu de la retrospectiva que Distrital 2015 nos trae sobre el cineasta argentino, José Campusano (José Celestino Campusano, Argentina, 2009). Comentamos Vikingo a manera de una mínima mirada a su universo cinematográfico.

Desde Vikingo (y desde muchas otras ocasiones), el cine de Campusano pareciera no sólo alzar ambas manos por la periferia y “lo periférico”, sino que inclusive,  quiere gritártelo de bruces. Campusano encara “lo periférico”, no lo rodea, es capaz de posicionarse ahí para exhumar los restos de mística, una composición entre lo mundano, lo crudo y lo poético. Es decir, el padre, el hijo y el espíritu santo. Lo mundano se cuela a través de la panorámica a la que nos invita a asomarnos, siendo su eje giratorio, lo suburbano, que como nos muestra en Vikingo, el contexto latinoamericano lo adereza con la complejidad particular de lo marginal.

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 En segundo lugar, lo crudo, que forma parte de su carácter y a su vez convierte el cine de Campusano en un cine de carácter, “grotescamente” valentonado, tanto estética como argumentalmente.  De último, la poesía de por medio; nos referimos propiamente al “juego” que le constituye y le da “esencia” a Vikingo, al punto máximo que trasciende los argumentos, los indicios de trama alguna, pero sobre todo que trasciende la “fórmula” y el tema de una película.

Hablamos también por lo poético, de aquello que está en el fondo y que “se le descontrola” al autor. Ahí, en ese lugar “misterioso”, hinca su dentadura con toda fuerza Vikingo. ¿Qué es este Vikingo poético en el sentido que Heidegger le aclama a Hölderlin? Lo que yo he visto es una fuerza sobrenatural en torno a lo real. De ahí su término medio entre el Dogma y lo Neorrealista. Me he dejado arrastrar por momentos a Gummo (Korine, U.S.A. , 1997)  y a Kids (Larry Clark, U.S.A., 1995), sobre todo en cuanto a su “atmósfera”.

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La fotografía “ruda” me llevó a pensar con “ojos” de neorrealista. El drama en que nos envuelve, me situó fílmicamente en Somos Guerreros (Once Were Warriors, Lee Tamahori, Nueva Zelanda, 1994), sobre todo con respecto al protagonismo con que carga a cuestas “el Vikingo”.

Pude verse al Vikingo como un pariente argentino del “Muss” de Tamahori, más que como una deliciosa mezcolanza entre Flanders y Machete. Aunque puede que “el Vikingo” tenga un poco de los tres en diferentes proporciones. Lo poético recae precisamente en este “juego” entre el drama de “lo periférico” y su “mundanidad”, en la forma en que su “brutalidad” llega a hacernos sentido; sea para nuestra mente o para nuestra entraña, o puede que hasta en ambas.

Vikingo es una historia que nos obliga a insertarnos en un pedazo de la realidad misma de la periferia bonaerense, y nos invita de muchas formas a un “sentido latinoamericano”. Vikingo, de  José Celestino Campusano, nos deja explorar los arrebatos de una parte del “sub-mundo”, haciéndonos partícipes cinematográficamente, siempre que estemos abierto a considerar el cine como una experiencia, cosa muchas veces nada fácil.

La Retrospectiva de José Celestino Campusano se presenta en el Cine Tonalá de la Ciudad de México, del 11 al 18 de Julio de 2015. 

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