Güeros, una road movie para buscar a un rockstar

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Por Alejandro Arriaga 

“Dicen que su música hizo llorar a Bob Dylan”, es el pretexto para que el puberto de Tomás (Sebastián Aguirre) inicie su viaje en compañía de su hermano Sombra (Tenoch Huerta) y el amigo de éste, Santos (Leonardo Ortizgris), en la búsqueda de un músico decadente en una película calificada como road movie que se lleva a cabo en la ciudad de México a finales del milenio pasado.

La ópera prima del director mexicano Alonso Ruizpalacios nos presenta la visión, un tanto indirecta, de los sucesos ocurridos durante el tiempo que duró la huelga en la UNAM iniciada en el año de 1999. Sobre los estudiantes involucrados, sobre sus pensamientos, sus posturas y sus ilusiones que se tornan amargas al enfrentarse con la realidad.

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El tono de la película podría decirse que es lúgubre, ya que se encuentra toda filmada en blanco y negro; al ser una película que desde el primer plano evoca a lo visual y a lo auditivo; se podría decir que este hecho remarca los distintos matices del gris existentes en las realidades personales de cada uno de los personajes principales: Sombra y Santos, decepcionados del movimiento estudiantil y declarados “en huelga de la huega”, y Tomás, un preadolescente rechazado por su madre y mandado a vivir con su hermano a la ciudad porque “ya no sabe qué hacer con él”.

Un inicio, más bien flojo, en el que los personajes no parecen tener una química que funcione, se rescata al paso de la historia, cuando los personajes encuentran un fin: hallar a Epigmenio Cruz, el músico favorito de su padre y ahora último lazo con los conecta a él, y a Sombra y  a Tomás como hermanos.

La dinámica cambia cuando se introduce el personaje femenino, Ana (Ilse Salas), quien se presenta como una mujer de clase alta con ideales o tendencias que podríamos calificar de izquierda. Esta chica es el amor imposible, de alguna manera, de Sombra, que se une al viaje como una forma de descansar un poco del movimiento en el que está inmiscuida.

Del guion se pueden comentar algunas cosas, como lo dinámico que llegan a ser los diálogos, casi improvisados, pero no por ello resultan menos inteligentes. Es una película burlona, tanto así que se abre al juego de autocriticarse, haciendo referencia a su propia naturaleza y los clichés en los que a veces caen las cintas mexicanas… como ella misma.

Una película muy interesante por los pequeños trozos de poesía que crea, muy entretenida de ver y disfrutable, incluso aquellos huecos que quedan en todas las historias, como en la vida misma.

Por cierto, hay un cameo de los Liquits.

 

 

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