Poética de quien profana tumbas: sobre Better Call Saul y Fargo

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Por Eduardo Paredes Ocampo

Ser hombre es profesión de profanador. No tenemos el desentierro como total estigma: fue una práctica, desde nuestros albores, permitida. Algo que, absurdamente condenamos como “pepenar”, nos sienta tan bien en el anonimato, en la metáfora. Con suntuosidad cubrimos su explicitez: al majestuoso (segundo) funeral del rey Ricardo III en Leicester, Inglaterra, el mes pasado no dejó de precederlo un vulgar desentierro.

Y todo nace por el afán milagroso –porque permite nuestra supervivencia cultural– de replicarnos. Revivimos la historia al tacto. Para recibir al rey Ricardo hubo hasta quien se disfrazó de paje, de monje para el cortejo. ¿Nadie piensa que bajo esa caja yacen simples huesos? Puede permitirse, inclusive, el montaje con tal de que, ilusionados, festejemos nuestra naturaleza escarbadora.

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Walter White, como Ricardo III en 1485, murió un siete de septiembre del 2011. Los asesinatos de Fargo acontecen en 1987. Sin embargo, hace unos meses estos muertos fueron desenterrados: Better Call Saul y Fargo son dos series que reviven lo que Vince Gilligan con Breaking Bad y los hermanos Cohen con la película homónima dejaron lapidados. Pronto, según se dice, hasta a los muertos vivientes, seres ya resucitados, resucitaremos: Fear the Walking Dead (2015?) será una serie paralela a The Walking Dead, la afamada serie de zombies. Estamos presenciando la Historia: los primeros momentos del spin-off en las series representan otro paso hacia su complejidad en su relativamente reciente historia.

¿Qué implica molestar a los muertos? En primer lugar, asegura un éxito comercial –¿no fueron los buscadores de tesoros, los piratas los dueños del oro y plata del Nuevo Mundo? Bajo el sello de Fargo y Breaking Bad, productos que casi desde su creación ganaron la categoría “de culto”, cualquier cosa, seguramente, pega. La calidad, en tal circunstancia, sobra. ¿No hemos visto miles de productos nacidos de la serie de Vince Gilligan (como, por ejemplo, los personajes en versión Simpson)que francamente resuman mal gusto? Sin embargo, apenas pasada una temporada de ambas series, la calidad no debe preocuparnos: más allá de sus peculiaridades, la misma naturaleza de desentierro, de botín les aporta una atractiva singularidad.

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Better Call Saul empieza aceptándose rémora. En blanco y negro vemos a Saul (Bob Odenkirk) viviendo en la clandestinidad, existencia a la que se condenó al escapar de un destino similar a Walter White, su partner in crime. Después de su decadente trabajo en una panadería, el ahora calvo Jimmy McHill –verdadero nombre del corrupto abogado– llega a su casa para reproducir un video (del que sólo percibimos el audio) de sus polémicos comerciales, mostrados aquí y allá en Breaking Bad. La nostalgia se establece como primer metro para medir la serie. Reencontramos tal sentimiento cuando aparece otro de los paradigmáticos personajes de la serie original: el matón Mike (Jonathan Banks) trabaja recogiendo boletos en un estacionamiento.

Añadido a esto, los acontecimientos suceden en los 90’s y la tramoya, los vestuarios, las carteras de velcro y los arcaicos teléfonos celulares, responden a un interesante “paseimo” sentimental. Sin embargo, la serie sigue sin ningún atisbo, ninguna pista de la futura tragedia. Paradójicamente, las complicaciones versan sobre lo banal: el concierto de armas que es la última temporada de Breaking Bad contrasta con un Jimmy que ayuda legalmente a ancianos. Los creadores, además, han aceptado que las series no coincidirán hasta bien entrada Better Call Saul.

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Fargo, por otro lado, no funciona de tal manera. Si bien hereda el tono del filme, los acontecimientos suceden en 2006, no en 1987. Sin embargo, cuando el espectador augura sólo una influencia atmosférica (el monótono y patético invierno del Midwest de Estados Unidos, la absurda cotidianeidad de la violencia), el tercer capítulo sorpresivamente ata un hilo suelto dejado por la película: en un flashback, se nos cuenta como Sam Hess (Kevin O’Grady) encuentra la famosa espátula roja clavada en la mitad de una planicie nevada por Carl Showalter (Steve Buscemi) para marcar el sitio donde enterró varios miles de dólares. A su vez, el capítulo resulta especialmente metareferencial: vemos al Jimmy de Better Call Saul actuar como jefe de policía y un vendedor de drogas ofrece un kit (machete, escopeta, etc.) para sobrevivir un apocalipsis zombie parecido al de The Walking Dead.

Por último, ambas creaciones versan acerca del underdog, creatura predilecta para pepenar: un abogado de ancianos; un par de policías torpes y aburridos. La falta de un Rick Grimes (Andrew Lincoln), figura omnipotente y moralmente perfecta de The Walking Dead, complica la trama, paradójicamente, contando temas terrestres. La personalidad de estos antihéroes sólo puede venir de quienes crecieron a la sombra de un Walter White. Montar algo bajo el imponente nombre de los hermanos Cohen y sus paradigmáticos personajes tiene el mismo efecto.

Quienes desentierran conocen el potencial de lo que, entre hueso y hueso, dejamos. Porque seguimos enterrándonos como reyes: anillos, coronas hasta la tumba nos acompañan. No podemos juzgar al pepenador de falta de imaginación: como el historiador, como el poeta conoce el precio del pasado.

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