Un vuelo: Alvvays de Alvvays  

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Por Eduardo Paredes Ocampo

@e_paredesoc

“Two-thousand nine, two-thousand ten/ Wanna make a record how I felt then” canta para cada nostálgico Arcade Fire en “Month of May” de The Suburbs. Por mi máxima simpatía este disco con otro compite: el Dark Side of the Moon de Pink Floyd. Hasta hace unos días eran arreglos, delirios técnicos, letras apasionantes lo que me llevaban de un lado al otro de la balanza. Sin embargo, siempre obviaba la cuestión más interesante: ¿qué es lo que aparenta a David Gilmour con Win Butler para considerarlos pares en mi aprecio?

Con el disco debut de Alvvays (Alvvays, 2014) me vino la respuesta. Letras como “We spend our days locked in a room content inside a bubble/ And in the nighttime we go out and scour the streets for trouble” hacen tangible el mito del disco: en su mayoría, fue escrito en una más que muerta y encerrada tienda de smoothies en un típico invierno canadiense. Remata la melancolía de “Archie, Marry Me”, una guitarra cincuentera y la voz de Molly Rankin repitiendo un nombre que, si a algo nos recuerda, es a antaño.

La letra de un matrimonio prematuro quizá se complementa con “Adult Diversion”, en donde imaginamos el encuentro de la futura pareja en una fiesta. Ella, en pleno intento de ligue, se pregunta si debería tomar “One more cocktail/ Is it a good time or is it hardly innapropiate?”. Pero, como todos, sabe que puede caer en la desgracia ante los ojos de “Archie” por el alcohol: “If I should fall, act as though it never happened/ I will retreat and sit inside so very quietly”. Unas cuantas notas de guitarra componen entonces un solo. Este recorrido musical nos deja con la gratificante sensación de sencillez. Alguna vez alguien me dijo que para contar una historia de borrachos no hacía falta más que una botella y un borracho. No hay nada más alejado de la realidad: si no, pregúntenle a James Joyce. La sinceridad musical con que Alvvays narra esa fiesta -deshaciéndose de todo adorno para dejar al sentimiento desnudo- es un gran logro estético.

La tercera mejor canción del disco, “Party Police” completa el ciclo: trata sobre la separación. Como en las otras dos, el tiempo se encuentra perfectamente marcado: “Fighting through the fog/ I can’t believe it rained all summer long”. Desde los albores de la humanidad, la naturaleza mimetiza nuestro sentir. Alvvays usa un código con que todos comulgamos. Aquí, aparte de la franqueza característica de las otras canciones, el disco resulta empático por construcciones culturales comunes. La misma “Party Police” es una metáfora de la represión, contra la que Rankin, siendo Alvvays un grito de la libertad juvenil,  desesperadamente increpa.

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Como toda historia –hasta la vida– esta tiene tres partes: inicio, desarrollo y conclusión. Para mí, y para muchos que se iniciaron musicalmente en el rock clásico, Dark Side of the Moon representa, en plena adolescencia, el despegue de la juventud. The Suburbs sirvió (¿sirve?), mientras fue su euforia, como soundtrack de un vuelo, muy a menudo turbulento. Puramente contemporáneo, los pasajes milenaristas y post-milenaristas de Arcade Fire imponen a mi generación pautas para la nostalgia: “how I felt then…”. Alvvays, decididamente, no posee la maestría de los otros dos. Sin embargo, acierta en aterrizar la añoranza: sus letras, ubicadas en el tiempo preciso de la más desenfrenada juventud –las fiestas, las propuestas de matrimonio prematuras, las peleas y los corazones rotos– sus simples e idílicos acordes, nos remiten al avión del que nunca quisimos bajar.

 

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