Ante el desnudo, puntos suspensivos: una opinión sobre La vie d’Adèle y Nymphomaniac

 

Nympho 1

Por Eduardo Paredes Ocampo

Frente a los célebres desnudos de dos recientes películas, La vie d’Adèle (Blue is the Warmest Colour) de Abdellatif Kechiche (2013) y Nymphomaniac de Lars Von Trier (2013), debemos preguntarnos respecto a su relevancia en el cine actual.  ¿Qué fibras toca todavía la etimología de lo obsceno –fuera de la escena- en obras donde todo se narra? ¿Será la moral que en lo pulcro nos sigue anclando o, más bien, una concesión a la inteligencia del público por lo que aún demandamos pureza?

Casi sin censura que opaque, libres se lanzan los directores, paradójicamente, a sus propias constricciones estéticas. De opuestas percepciones, a estas dos obras las une la prerrogativa de presentar “tal cual” al cuerpo. Frente al realismo de Kechiche, si Lars Von Trier no se destaca como puramente fantástico, en los recovecos más increíbles el público debe hacer pacto con su obra. La primera narra la intrascendente historia amorosa de dos lesbianas; la segunda la frenética existencia de una ninfómana. Por opuestas que sean, en ninguna el desnudo atienta contra su unidad.

Son los ritmos parsimoniosos de la vida lo que concuerda en La vie d’Adèle, con las largas escenas de cortejo lésbico, en primer lugar, y con el eterno coito, después. Una cámara en mímica del ojo y una actuación naturalista, asimismo, justifican los eternos minutos, muy realistas, en los que las amantes todo se besan.  Cuando, en Nymphomaniac. un hombre precisamente asexual encuentra y rescata a una ninfómana, cuando, al contar su historia, ella relata su encuentro con una nunca antes conocida puta de Babilonia, los derroches sexuales del filme vienen en consonancia con su general inverosimilitud.  El intercale de capítulos, la repentina aparición de números, de imágenes discordantes en plena acción dramática, cumplen con la pasarela de penes, vaginas y culos, la consigna de Von Trier de mostrar hasta lo puramente imaginado. En ambas obras, existe coherencia artística, no un derroche de desnudos por escándalo y publicidad.

Sin embargo, durante siglos la censura ha moldeado el carácter, la sensibilidad del espectador hasta hacer del erotismo y la sugerencia valores estéticos. Del sesgo, los verdaderos creadores han sabido hacer arte: canónicamente, moldean expectativas de sus obras. Hay más creatividad entonces, más juego en ese, con imaginación, rellenar. Bien hizo la moral en cortar alas para que solos pudiéramos hacer aviones. Fuera del terreno estético, las sombras de media luz labran más manías y motivaciones que el resplandor pues ¿a quien no seduce la oscuridad? Obras, en el fondo, de grandes directores, ninguna es impúdicamente mala, sino son sólo obvias y, en su afán de decirlo todo, extremadamente condescendientes.

La vie d’Adèle

 Para mostrar un contrario, terminemos con uno de los mejores final de la historia del cine. Como Nymphomaniac y La vie d’Adele, Eyes wide shut (1999) de Stanley Kubrick es una película de excesos sexuales: una pareja se involucra con una secta de salvajes orgías. Cuando todo el caos desaparece, cuando al parecer la película retorna a la tranquilidad primigenia, es Navidad. Dr. Bill Haford (Tom Cruise) y Alice (Nicole Kindman) pasean con su hija por una juguetería buscando regalos. Usando el ambiente de felicidad infantil, los desenfrenos sexuales al parecer evadidos, Kubrick nos sorprende con su último diálogo. Abrigados bajo una máscara de seriedad, los esposos tratan de resolver, junto con su matrimonio, su psique alterada:

Dr. Bill Harford: What do you think we should do?

Alice Harford: What do I think? I don’t know. I mean, maybe… maybe I think we should be grateful. Grateful that we’ve manage to survive through all of our adventures whether they were real or only a dream.

[…]

Alice: You know? It frightens me but I do love you and you know there is something very important we need to do as soon as possible.

Dr. Bill Harford: What’s that?

Alice Harford: Fuck…

Enseguida, la pantalla se torna negra. Aún cuando, según se dice, la muerte de Kubrick cinco días después de presentada al estudio dejó inacabada la obra, bien le vino. Con la previa historia de disipación y violencia presente, con la palabra “Fuck” resonando en lo oscuro de los títulos finales, el espectador se vuelve partícipe de lo que sigue. Inmersa en la infinita realidad y abstraída del simple encuadre, quizá sea nuestra mente quien mejor prediga lo que los puntos suspensivos no nos dicen.