La lección de Fredo y lo que creí escuchar decir a una mujer

El-padrino

Por Juan F. Hernández Herrerías

Una de las secuencias que más recuerdo de El Padrino parecería no tener mayor relevancia. Sucede en el segundo filme: la esposa de Fredo está bailando con un desconocido en un modo demasiado sensual, los hombres de la familia observan. Quizás esa parte se quedó grabada en mi mente porque me estaba destinada de manera secreta, escondía una moraleja para un tiempo posterior.

Puede haber un riesgo en relacionarse con una mujer que piensas que te excede. Cualquier muestra de cariño la recibes como un regalo inmerecido, como una limosna. Hay un riesgo en perseguir a una mujer que se muestra como una sirena que te aguarda tranquila y rodeada de los restos de pasados encallamientos.

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Estaba en una fiesta con ella, apenas días después de haberla conocido. Por un momento me alejé, y cuando regresé la encontré hablando con alguien: un joven con camisa. Al llegar vi que ella le decía algo y él, al verme, dijo: “Ya escuchó”. ¿Qué escuché yo? En mi memoria se plantean dos posibilidades: dijo “me gusta mucho”, hablando de mí, o “me gustas mucho”, hablándole a él. Pero pienso que esa primera posibilidad es solamente un regalo condescendiente y mentiroso que me hago a mí mismo. La verdad es que no estoy seguro de haber escuchado nada, pero por esas palabras (“ya escuchó”) sé que había algo allí que me incumbía. No hay manera de reconstruir la verdad de ese hecho. A él llegué tarde y temprano a la vez. Por más que me esfuerce en recordar no recordaré y todo se volverá cada vez más incomprensible. Y si acaso le preguntara a ella cualquier respuesta quedaría inevitablemente manchada por la sospecha. No hay más que hacer que decidir cómo se va a actuar ante ese hecho opaco y de suma importancia, del cual no se sabrá realmente nunca lo qué sucedió. Entonces, ¿qué es lo que creo haber escuchado?

 

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En el camino de regreso, durante la madrugada, en un automóvil ajeno, hablando sobre lo ocurrido pregunté a mis acompañantes si habían visto El Padrino y si recordaban la secuencia de la esposa de Fredo en la celebración. No tuve que reconstruirla, el conductor la sabía y me la narró de principio a fin, narrada con su interpretación y relacionándola con lo que había ocurrido en la fiesta. La secuencia pasó otra vez frente a mis ojos en la voz del conductor, como si el automóvil se hubiera convertido en un cinema fugaz y nocturno:

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La esposa de Fredo baila con un desconocido en un modo demasiado sensual. Los hombres de la familia observan. Fredo, molesto más por la certeza de que sus amigos y familiares observan que por la sola actitud de su esposa, se acerca a ella y trata de llevársela, pero ella resiste y lo insulta. Entonces llega un hombre enviado por Michael Corleone: “Dice tu hermano que si tú no puedes lidiar con ella yo debo hacerlo”. Fredo asiente, avergonzado y aliviado a la vez. Luego va a sentarse junto a Michael y dice “Lo siento, no puedo controlarla”.

Ahí el motivo por el que esa secuencia se había clavado en mi memoria: iba dirigida a mí, era una carta adelantada al tiempo. Cuando el conductor terminó de narrar dije “No quiero convertirme en Fredo”. Y no por “no poder controlar” a una mujer, sino por el hecho lamentable de arribar a una relación en que se sienta la necesidad de hacerlo, por crear la circunstancia en que uno tenga que plantear ese término.

Hay que evitar convertirse en Fredo.