La sociedad de los poetas nazis

Por Juan Fran

@juanfranhh

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Napola – Elite für den Führer es una película alemana del 2004 dirigida por Dennis Gansel y protagonizada por Max Riemelt. Ambos volverían a trabajar juntos en una película del mismo corte: Die Welle (La ola), del 2008: un thriller sobre un grupo de bachillerato en la Alemania contemporánea que, como parte de un proyecto escolar, comienza a desarrollar una dinámica fascista que se sale de control; todo esto planeado por el profesor para demostrarle de manera mayéutica a sus alumnos que el fascismo no es para nada un hecho extraordinario ni increíble.

Napola es la abreviatura de Nationalpolitische Erziehungsanstalt, o Escuela Política Nacional, una suerte de colegios de elite que funcionaron durante el periodo nazi. La película narra la vivencia de un muchacho de origen humilde que, debido a sus talentos boxísticos, es admitido en una Napola que se ubica en un antiguo castillo en el bosque. El filme de Gansel remite necesariamente al clásico de 1989, Dead Poets Society. Ambas películas comparten ciertos elementos: una escuela pequeña ubicada en una construcción de cierta antigüedad, bella y recluida, una educación elitista y la amistad que se forja entre los estudiantes. Hay también un suicidio debido a la sordera emocional de uno de los padres (un importante oficial nazi). Quizás sólo hace falta en Napola la esencial figura del profesor, interpretado por Robin Williams en el filme estadounidense.

Posiblemente sean las escenas cercanas al suicidio del mejor amigo del protagonista el punto en que la película anuncia que caerá en picada y se volverá una recopilación de clisés sobre el nazismo: el padre que al enterarse del suicidio solamente atina a decir, observando por la ventana, “era débil”; el asesinato de unos adolescentes judíos en el bosque; que el protagonista baje las manos en su pelea final y se deje vencer como protesta o desencanto.

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La primera parte de la película es, en cambio, refrescante en cuanto a la generalidad del cine sobre el nazismo. En lo anterior al incidente de los niños judíos, la película se limita a narrar sin melodrama la cotidianeidad de la Alemania fascista, muestra la humanidad de los nazis, su condición terrestre. No es que los represente como buenos o malos, simplemente trata hechos nimios, que podrían ocurrir en cualquier lugar. Es en la narración de esa cotidianeidad, no empero, que yo encontré la parte más triste de la película. Ésta no es el asesinato de los niños (pues eso lo hemos visto tantas veces antes) ni la frialdad del padre ni la brutalidad que las autoridades le exigen al protagonista en sus combates de box; esa exageración del drama, a mi parecer, arruina lo que estaba siendo una fina exposición de una de las grandes tragedias del siglo XX.

Hay una escena en que el protagonista sube a un aeroplano y sus compañeros lo jalan con una cuerda hasta que éste despega y da un par de vueltas por los campos, ríen. Lo trágico de la escena es que todos sabemos lo que va a suceder después: sabemos que Alemania cae, dejando al descubierto sus crímenes, sabemos que Berlín fue defendida por adolescentes y mujeres, comenzamos a preguntarnos si esos muchachos que ahora vemos riendo no serán llamados a filas pronto, si las escenas finales de la película no serán aquellas de la Alemania nazi sucumbiendo en su capital.

No se necesitan los elementos melodramáticos del cine nazi, una vez que sabemos lo que sucedió en la Historia es suficiente exponer los días cotidianos de sus víctimas. Esta exposición genera una tensión progresiva, porque sabemos a dónde se dirigen. Hubiera sido una película distinta de terminar en el momento anterior al asesinato de los niños judíos, ese momento en que el protagonista y su mejor amigo ven por la ventana a los estudiantes de último año salir del castillo, han sido llamados por la Luftwaffe para apoyar la defensa de Alemania. Los estudiantes caminan en fila, en la oscura madrugada, sin decir una palabra.

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