Los reyes del pueblo que no existe y la negación por la decadencia

Por Ulises Miguel

El documental mexicano ha transitado por diversos temas: Quebranto de Roberto Fiesco y la diversidad sexual, Somos Lengua  de Kyzza Terrazas y el rap mexicano, o Bellas de Noche de María José Cuevas y la vida nocturna marcada por las vedettes. Ahora, Betzabé García nos propone Los reyes del pueblo que no existe, cinta que puedes ver en Cine Tonalá como parte del proyecto #MásCineMexicano, el cual busca impulsar el cine nacional.

Con este trabajo, la directora no hace un documental de carácter político tras conocer la situación del pueblo de San Marcos en Sinaloa, el cual se encuentra inundado por la construcción de la presa Picachos en 2009, ya que opta por mostrarnos un lado contemplativo e íntimo de esta catástrofe humana convirtiendo a sus cámaras en espectadores cautelosos de las únicas tres familias que habitan un “pueblo fantasma”.

Pero no sólo este calificativo se ajusta adecuadamente con la situación retratada en el documental, también podemos hablar de  paisajes abiertos de la naturaleza y lo artificial conviviendo con la decadencia, la reconstrucción y la ausencia humana.

Betzabé García. Fotografía: Karl Byrnison.

Si bien la mala planeación gubernamental para realizar una construcción que beneficie a sus pobladores termina por destruir sus hogares y sentenciar su salida del lugar, la decadencia también implica una caída de la existencia humana; poco a poco las emociones, sentimientos, sueños y objetivos parecen esfumarse mientras crece un nihilismo provincial o una sinrazón de la vida.

Esto aumenta con un miedo que no sólo proviene de las amenazas físicas que representan algunos habitantes temporales que incitan los conflictos a mano armada, sino que también se origina en la turbación emocional provocada por la inexistencia.

De esta manera, podemos imaginar un juego constante donde sobreponerse a las ausencias cada día es vital para continuar “viviendo”. En un plano muy filosófico, podríamos decir que también existimos por las relaciones con los otros y nuestras acciones se fundamentan, crecen o desparecen por ellos. Así que resulta necesario preguntarse ¿qué pasa cuando se esfuma la compañía de la familia, los amigos o las personas con quienes cruzabas un “buenos días” o un “hasta luego”?

Tras de la inundación en el pueblo sinaloense, el abandono parece dominar sobre las calles sepultadas por el agua, pero justo en ese juego donde es imprescindible ser el ganador, aparece la negación por el desánimo y emerge una reconstrucción simbólica y material llevada a cabo por una de las familias que habitan San Marcos.

A partir de esto, encontramos en la restauración una tarea de suma importancia: aminorar la nostalgia por una época donde todo era diferente; sin embargo, esta situación parece un recuerdo cada vez más lejano para los reyes de un pueblo que no existe.

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