Diálogo de gruta: el hoy, ayer y mañana de Kış Uykusu

 

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Por Eduardo Paredes Ocampo

La caverna fue nuestra primera morada y, se puede suponer, será nuestra última. Ahí sucedió la concepción del fuego y, por el círculo que alrededor de él formamos, nos hicimos sociales, dialogamos. A este arquetipo vuelve Nuri Bilge Ceylan en Kış Uykusu (Winter Sleep, Turquía, 2014) para dramatizar precisamente el claroscuro de la convivencia humana.   

La historia de Aydin (un adinerado intelectual, dueño de un lujoso hotel boutique) acontece en la accidentada región de Capadocia, Turquía. La zona tiene la peculiaridad de haber sido esculpida con pequeños montículos después de siglos y siglos de erosión. Dentro de ellos, las diversas culturas que se han asentado ahí han cincelado su vida: hasta hoy los caprichosos conos albergan moradas, comercios y hasta iglesias.

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La elección de tal escenario para la película ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2014 no es casual. El paisaje tiene la cualidad de hacer al argumento –la compleja relación de poder y sumisión entre el pedante Aydin, su esposa, su hermana y uno de sus inquilinos– aplicable a cada época: en Capadocia, esa zona descrita futurísitcamente como “paisaje lunar”, los primeros asentamientos datan de la prehistoria.

Aunado a esto, dado que el filme transcurre en invierno, la mayoría de las escenas suceden en el interior de las cavernas. La cueva simboliza al mismo tiempo los dos polos opuestos del sentir humano. Como refugio, calor o vientre materno es la añoranza pura. Pero también representa lo más temido: dentro de la gruta, siempre mora la oscuridad.

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Los diálogos que componen la película oscilan entre tales emociones. La mujer de Aydin, Nihal, un par de generaciones su menor, encuentra en él el abrigo de un padre. Sin embargo, pronto se descubre también su prisionera. La actitud complaciente y paternalista de Aydin representa el motor del drama. Bilge Ceylan juega con una interesante dualidad: ve la caverna como casa y cárcel, al amado como padre y verdugo.

A esta oscilante psicología la complementa el centelleo constante del fuego al interior de las cuevas. La lumbre ahora muestra, ahora oculta las caras, los gestos. Los diálogos se suceden a coro de tal variación. El juego de luces corresponde a un drama emocional que, por el arcaico alrededor donde acontece, pareciera evadir la historia y plantarse lo mismo ayer, hoy y mañana.

Kış Uykusu prueba la pertinencia de la figura de la cueva en su franca y primitiva simpleza. Paradójicamente reduciendo todo lo que rodea al diálogo –el escenario, la acción–, Bilge Ceylan logra resaltar la diversidad de los sentimientos humanos. Su gran logro consiste en crear una obra totalmente dependiente del espacio en que se desarrolla, al mismo tiempo en que presenta un conflicto universal. Aydin es el primer hombre y será el último.

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