El Uri Geller del cine: el documental ante An Honest Liar

 

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Por Eduardo Paredes Ocampo   

Recuerdo cuando conocí a Uri Geller. Tendría menos de diez años, en aquellas épocas del Internet más incipiente, cuando debíamos conformarnos con las sombras de alguna descripción, con los retazos que de las conversaciones quedan. Por eso, aunque alguna vaga imagen tenía de él, construí su rostro entero apenas hace unas semanas en An Honest Liar  (2014, Justin Weinstein y Tyler Measom), la película que se dedica a probarlo charlatán.

Nada tan distante a como, antes del discernimiento adulto, me lo pintaron. Porque para mi tía abuela Chayo –quien había sido una exitosa modelo en los 70’s y la mayor esotérica que he conocido– Uri no sólo era un sex symbol (pantalón acampanado, melena de león), sino también un gurú psíquico. El rastro de aquél hombre así quedó en mi memoria por ella grabado.

El cine, lejos de los que, como Méliès, lo conciben como magia, ilusión, más bien existe para revelar. Doble manifestación en mi caso: si An Honest Liar aclaró un poco el panteón de celebridades de mis ancestros, también lo expuso basado en falacias.

PURE MUTT PRODUCTIONS Toronto-born magician/escape artist James Randi took on  a sideline  of debunking psychics and charlatans.

PURE MUTT PRODUCTIONS
Toronto-born magician/escape artist James Randi took on a sideline of debunking psychics and charlatans.

Por la época en que supe de Uri Geller, recuerdo haber asistido a incontables fiestas infantiles. Sin embargo, de tantas, sólo una queda: aquella que, con clichés, engloba todas, formando, a su vez, uno de los clichés con que componemos el gran cliché que es la infancia. El inflable, la piñata, el pastel y el mago constituían, en ese entonces, los ejes sobre los cuales giraba nuestra sociedad en miniatura.

 Salvo el primero, donde podía pasar las horas, yo odiaba cada elemento: las madres siempre dividían la diversión y, mientras me forzaban a mirar a un mimado apagar las velas o romper a Reptar, recuerdo volver mi mirada nostálgicamente hacia el solitario tombling. Quizá nada aborrecía tanto como “la hora del mago” (peor si el sujeto las hacía, a su vez, de payaso).

 Supongo que siempre me aburrió saber que, al final, el misterio quedaría oculto (el mago nunca revela sus secretos), que nunca conocería de dónde se saca al conejo. Probablemente de ahí viene mi amor al cine (en especial al documental, el arte revelador por excelencia) y atracción por un título como An Honest Liar, película que versa sobre James “The Amazing” Randi, un hombre que ha dedicado su vida a develar los trucos de otros.

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La vida puede dividirse entre los momentos que actuamos como Uri y aquellos en los que encarnamos a The Amazing Randi. Sin embargo, en el fondo, sólo como uno de los dos actuamos. También, sin un Némesis, ¿quiénes seríamos? Criaturas binarias, el opuesto nos define e, inconscientemente, como cristianos, amamos a nuestros enemigos: son padres nuestros.

 El documental narra este proceso: la carrera de un hombre que vive de las mentiras de otro. The Amazing Randi gastó años de su vida armando el complot que finalmente derribaría el ilusorio imperio de Uri y los rompe cucharas (el truco más famoso de aquellos consistía en frotar una cuchara en lo más angosto del mango hasta milagrosamente romperla). Tan crecidos estaban estos últimos que no sólo Chayo, sino científicos de Stanford juraban sobre su autenticidad.

Sin embargo, la película da un interesante giro al revelar que la vida de The Amazing Randi, aquél campeón anti-charlatán, se sostiene sobre falsedades: su pareja es detenido ya que, desde que empezó sus días con el mago, usó una identidad robada. Aunque lo reneguemos, tenemos la marca de nuestro progenitor, de quien, siendo otro y opuesto, nos hace. Chayo, quien leía la Biblia Satánica y los viernes jugaba Quija con sus amigos magistrados, dormía con el Nuevo Testamento a su lado.

La mente acepta la complejidad, pero la memoria la reduce al dualismo. Por economía, al recordar, limamos los bordes, borramos los matices e imponemos categorías: quizá alguna vez disfruté de los magos. An Honest Liar repite el movimiento de la memoria, no de la mente y, por eso, me remitió a la infancia, lugar prototípico para rememorar. En su segregación binaria, An Honest Liar se vuelve una honest liar: lo complejo del mundo se esfuma en su afán revelatorio.

En su ficción de mudez, el documental, como género, dice “sólo atestiguo”: llega sólo a recrear, nunca a crear. Pero miente al esgrimir cierta garantía de verdad, de objetividad pues toda expresión es parcial y, peor, política. Es el Uri Geller del cine.

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