Inherent Vice: un hippie dream con Anderson y J. Phonix

 

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Por Alberto Escalante Rodríguez

Puede que Anderson se haya visto seducido en esta ocasión por la complejidad narrativa y argumental de Pynchon, puede que la estirpe californiana de la obra original le haya tocado también, tampoco se antoja imposible que la posibilidad de explotar temas como la  conspiración y el sectarismo le motivaran a esta empresa llamada Vicio Propio (Inherent Vice, Paul T. Anderson, USA 2014). En todo caso, lo cierto es que Anderson se ha inclinado desde sus inicios por las cuestiones complejas, tanto temática como narrativamente.

 Me parece que la “lección” más elemental que nos muestra su cine a lo largo de 7 películas, es que una temática compleja acompaña a una narrativa compleja,  y que es suerte y oficio del director no disociar una de la otra. Ahí destaca Anderson en toda plenitud, especialmente con este filme.  En Vicio, Anderson no se enfrenta a una complejidad generada por él mismo, pero su genio aparece del lado de invocarla. Del mismo modo como no debe confundirse lo complejo con lo profundo, Vicio es compleja por la profundidad que atisba, que si bien puede no estar del lado de la plena conciencia de su director, si corresponde a su genio, mostrándonos que algo profundo sobrevive en el fondo de todo eso que es Vicio.

Personalmente, siempre extrañaré al Anderson de Magnolia (USA 1999) y Boogie Nights (USA 1997), es decir, al Anderson más puramente guionista, pues sencillamente es un guionista genial. A pesar de estar al servicio de una historia en esta ocasión, no se desprende de sus obsesiones y vuelve a entregarnos una gran escritura. Cierto es que Vicio no deja hacer mucho a la cámara, pero no es en el movimiento de la cámara donde aparece el “Anderson técnico” aquí, sino en la luz y el color. A través de tales elementos nos presenta una California playera y hippie, sino una California melancólica, la luz, el color y la fotografía muestran sobre todo un recuerdo, auqnue la complejidad que quiero destacar en Vicio no se resume a esto.

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Me gusta arriesgarme pensando que Vicio es un drama romántico, así empieza, así acaba. Su atmósfera parece ubicarse después de las cenizas del beat, en el interludio de la devastación como deseo y esperanza, devastación que el aire puro corrompe,  y que ha dejado de proclamarse existencial para enfrentarse a una realidad cada vez más asfixiante. El humo ha dejado de ser “inspiracional” para ser curativo o por lo menos un escape. La genialidad de Doc no viene precisamente de estos momentos, sino de su naturaleza neurótica.

Hay una distancia histórica muy interesante en la película. La hoja en mano que nos cuenta “no está alucinando” recoge el espíritu perturbador de esta distancia. Ya no se trata de un beat tan “literal”, sino robado de las consecuencias de este. En todo caso un fantasma que se recuerda. El recuerdo en la narración, en las acciones y en la melancolía que expresan los personajes con respecto a la época que se les va del “control”, funge como una parte de esta distancia.

Por otra parte, Vicio deja un rastro metafórico para seguir al antojo más perspicaz. Claro está, sin perder de vista la labor interpretativa que conlleva el asunto. Una cabeza emergiendo de la vagina pintada sobre el muro de un prostíbulo disimulado, el mismo muro que se abre de par en par para romper la ilusión de la natalidad, y lo que le sigue en consecuencia durante los siguientes segundos a este acto; el sonido que se pierde lenta y penetrantemente en una score de altas y bajas en su intensidad. La cámara nos muestra un papel que dice  “Not hallucinate”,  la mujer como la imagen de la locura-razón (y huele a mariguana, tanto la mujer como la locura-razón).

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En el ramo actoral, la cuestión se vuelve ambigua, pues frente a otras propuestas de Anderson, aquí los personajes secundarios pierden solidez si los intentáramos imaginar sin Doc de por medio. En este sentido, las escenas son de comparsa, y a mi antojo, la única que resulta realmente afortunada e interesante es la integrada por Doc y Big Foot. Sencillamente lo que constituye a esta “pareja” es una simbiosis hilarante integrada en sus diálogos. Cabe resaltar con cierta melancolía un guiño interesante a la interacción entre Sauncho y Doc sobre una mesa que nos recuerda a Cigarrillos y Café (P.T.Anderson, USA, 1992).

En cuanto a la construcción del protagonista y de su protagonismo, queda más que demostrado el monumento actoral que es Phoenix aquí; pues no sólo carga consigo mismo, sino como dijimos, con todos los demás. El Doc no es el mismo Doc frente a cada uno de los personajes, o por cuenta propia. No apreciamos a un detective hippie,  pues no es este el personaje que interpreta. Tampoco es fácil ver que sea un hippie que está jugando a ser detective, sino que esto tiene más la pinta de un qué pasaría si un hippie fuera detective y no viceversa.

El director también nos presenta una película donde todos encarnan un genio neurótico al mismo tiempo. Todos son obsesivos persecutorios de algún lado. Encuentro en esta característica, el énfasis neurótico, el reto histriónico de Vicio, que sólo Phoenix es capaz de asumir y completar con todo su peso. La trama misma lo exige pues es en sí misma neurótica y no sólo ambigua o extravagante. El regresar mil y un veces a las drogas expresa esto a la perfección y no propiamente una adicción.

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No hay una neurosis depresiva,  sino una neurosis obsesiva en el sentido existencial del término, no propiamente psicoanalítico, pues de esta neurosis escapan cosas, no se oprimen. Sin embargo, la neurosis de Vicio es tan compleja y pesada a la vez, que resulta en una atmósfera tan densa y difícil de romper en ocasiones tanto para Anderson como para el conjunto histriónico.

Anderson nos presenta siempre algo más honesto quisiera decir, pues es de los contados que entiende que la cámara no “actúa”, que no es un personaje más dentro de la trama, que la cámara está al servicio de todo y no al contrario. Además parece que Hollywood le rinde un respeto particular fuera del mainstream de las biografías de autoservicio, la falsa independencia, los hipócritas dramas morales, y peor aún, ahora, de un pretencioso cine bluff como el que describimos antes. Para muestra de la talla de Anderson en Hollywood, basta ver la referencia dedicada en Mapa a las Estrellas (Cronenberg, USA, 2014).

Lo cierto es que para poder decir algo medianamente lúcido sobre una película como Vicio, esta tiene que evocar la lucidez en sí misma; no importa la fuente de tal, quizá una novela, una anécdota. No basta con que algo le llame la atención al director, sino que este algo debe volverse parte de su ADN y en esta cinta encontramos esto que pertenece a Anderson de raíz; que efectivamente no sólo se compromete con el uso y a la manipulación de una cámara. Esto nos presenta Anderson en cada una de sus películas, y en Vicio muestra una faceta muy arriesgada y comprometida, pues logra que la obra de Pynchon forme parte de sus obsesiones.

Vicio, desde su Inherencia, hace referencia al o arriesgado, a lo no garantizado, a lo que no es posible asegurar por su propia naturaleza. Características concuerdan con el carácter obsesivo de la USA de finales de los 60 para asegurar el futuro. En esta atmósfera, una bocanada de humo fresco, de la especie que se tenga a la mano, funciona no para viajar, sino como una pausa en el gran viaje en el que se inmiscuye Doc. El aire fresco pareciera asfixiarlo porque resulta más pesado y vicioso que el propio humo.  Como dice Shasta, la desesperación viene de los lapsos de juicio.

 

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