Art brut (entre California y Jalisco en una paradoja visual)

Martín Ramírez - Sin título (jinete y escenario) Por Mario Mendicuti Abarca

Habían pasado apenas cuatro años después de la llegada de Martín Ramírez a California cuando, en 1929, se desploma la economía estadounidense. En enero de 1931, estando lejos de sus cuatro hijos (Juana, Teófila, Agustina y Candelario) y de su esposa, María Santa Ana Navarro, que vivían aún en Los Altos, Jalisco; pensando que esta última había abandonado a su familia para unirse a la Guerra Cristera, gracias a la cual su única propiedad había sido destruida; sin poder casi hablar inglés; y en un estado mental peligrosamente frágil, el jalisciense fue internado en Stockton, un hospital psiquiátrico, del que sólo habría de salir en 1948 para ser trasladado al Hospital Estatal de DeWitt, donde residiría hasta 1963, año de su muerte.

 Si consideramos que Ramírez nació en 1895, sorprenderá descubrir que sólo pasó aproximadamente tres años más afuera, que adentro de los psiquiátricos. Sin embargo, a pesar de las reiteradas complicaciones que saturaron su vida y por desencajada que ésta pueda parecernos, Martín Ramírez, a partir de 1935, encontró un refugio consistente en el que se resguardaría a diario: el collage y el dibujo.

Su trabajo no es sólo el de una persona que prefería comunicarse a través de imágenes —en algún momento se llegó a pensar que era mudo—, sino que es también el de alguien que encontraría los medios y las formas de plasmar, transmitir, eso que poblaba su cabeza. Con sucesiones de líneas, unas tras otras, a veces curveadas, a veces rectas, Martín Ramírez construye ante nuestros ojos espacios que para cualquier otro deberían estar vacíos: paradoja y arquitectura de la oquedad.

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Son pocas las zonas del papel que quedan libres. Cuando se trata de un paisaje, los trazos repetitivos que aumentan o disminuyen dan perspectiva; los coches, trenes, caballos y animales en general, otorgan movimiento; los colores, que van del rojo, azul y amarillo intensos al morado, café y verde opacos, permiten que la obra adquiera peso y hondura en sus valles, bosques, proscenios, techos y cielos.

En más de un lugar se ha comentado la visible contradicción que se establece entre lo rural de Jalisco y lo urbano de California en la obra de Martín Ramírez. Las figuras transitan de jinetes a conductores de autos, recorren carreteras y túneles interminables o se presentan inmóviles en escenarios, como si se mostraran ante un público que tuviera que imaginar en lo estático un trayecto. En varios casos, los pliegos en los que se desenvuelven estos dibujos, cuyo principal propósito pareciera ser el hacer visible la permanencia de un instante, fueron manufacturados por el mismo artista a partir de pedazos de cartoncillo y hojas que encontraba en pabellón en el que dormía. Son retazos de papel que alojaron las visiones de una mente fragmentada, los recuerdos que son observados confusamente desde la distancia temporal y la mirada misma, que lo llena todo con cientos de líneas.

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El jalisciense murió en 1963 sin haber vuelto a ver a su familia. Sólo el 6 de enero de 1952 fue visitado por su sobrino, José Gómez, a quien le comunicó que no tenía deseos de regresar y a quien le pidió le entregara a su esposa un mensaje: “Dile a Anita que allá nos vamos a ver en el Valle de Josafat”. La religiosidad de un campesino de la zona rural de Jalisco es notoria en las obras que retratan a la Virgen de la Inmaculada Concepción, siempre coronada, siempre sobre la luna, siempre pisando al mal.

 Éstas se encuentran entre las mejores del artista y las más cargadas de simbolismo, aunque no sólo el de la tradición cristiana, pues no la acompañan los comunes querubines, sino pequeños autos, animales que parecieran estar enmascarados y ondas que se expanden a su alrededor y de las que surge un extraño personaje. Los motivos solares, vegetales y arquitectónicos visten a esta virgen gigante en tres representaciones, como queriendo condensar con su figura la luz, la vida y la fortaleza y, a la vez, ocupar casi por completo la vista del espectador.

Martín Ramírez es repetidamente considerado como uno de los maestros autodidactas del siglo XX. Clasificado como art brut u outsider, deja de importar si fue o no esquizofrénico, ya que sus obras se alzan sobre cualquier astro con la misma firmeza de un edificio o una montaña. Los elementos que toma para comunicar sus impresiones, saturadas e imponentes, quiebran y renuevan cualquier idea de espacio, movimiento y solidez. En sus dibujos pueden ser observados pequeños apocalipsis en los que el tiempo se ha detenido y en los que es posible admirar los trazos estructurales que todo lo sostienen y enmarcan.

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