¡El Cyborges violó a mi marido! parte 7

Por José M. Vacah

@JosMVacah

A rastras abrió la puerta y entró, no podía levantarse. Tenía fracturado el tobillo derecho y una esquirla de bala en la rodilla izquierda, el dolor era insoportable. A rastras movía lo poco que quedaba de él por el baño público del bar. Se metió a un cubículo marcado con el número 7, antes de cerrar la portezuela vio su rostro en el espejo y supo que aquel reflejo iba a ser el último que tendría de sí mismo (y descubrió, en la alta noche, que los espejos tienen algo de monstruoso), trató de sonreírse pero el miedo le había quemado el rostro, cerró la puerta.  Miró dentro del escusado, metió la mano y encontró su pistola entre la mierda, las manos le temblaban por el dolor. Recargó su cuerpo en la taza, el dolor lo partía, levantó el arma y esperó, sólo le quedaba esperar, no iba a morirse sin meterle una pinche bala, una puta bala al menos. Escuchó el crujir de la puerta de aquel baño público y esperó con la pistola levantada. Tenía paralizada la mitad inferior de su cuerpo y el dolor estaba a punto de noquearlo, apenas podía sostener el peso de la pistola en sus manos. Escuchó el ruido de los pasos metálicos de aquella bestia acercándose, lentamente se acercaba aquella maldita bestia que lo había quebrado. Un golpe metálico contra el suelo primero, luego una llanta que se arrastra, luego otro paso y otra llanta. Era el sonido de la muerte, y esperó a que el sonido llegara hasta él. No’o  pu’e’de ‘e’es’con’der’se’ de ‘mí’ señor’Du’rán –la voz parecía salir de un enfermo mental conectado a una máquina, un Hawking brutalmente homicida. No’o  pue’de’ es’con’der’se de’su crea’dor’ –la voz comenzó a volverse cada vez más aguda y burlona. Yo’soy’qui’én’ está escribiendo esta historia’ –la puerta del cubículo se abrió de chingadazo y pudo ver sus ojos, por fin pudo ver sus ojos, estaban vacíos. Yo’ soy’ qui’én lo’ ha’ in’ven’ta’do a’ us’ted —sus ojos muertos, absurdamente muertos, penetraron en los ojos enfebrecidos por el dolor y la rabia de Coca Durán. Y fue en ese momento, en ese último momento, que Durán pudo conocer el rostro de la máquina pornócrata, era el rostro de Dios.

Coca Durán despertó sobresaltado, estaba bañado en sudor . Tambor Ojeda le palmeaba el hombro. “Cámara compadre, despierta, ya llegamos al refrigerador, nos están esperando los bisteces”, al decir esto soltó una carcajada que le movió cruelmente la inmensa papada. Bajaron del coche y entraron a la morgue. No tuvieron que enseñar sus credenciales, pues su desafortunada fama en esos sitios los precedía como si fueran aves de carroña. El encargado los vio entrar por la puerta y se alejó del mostrador, guardó el libro de registros y cubrió la cámara de seguridad con una franela. Durán deslizó una Sor Juana, y el encargado abrió la puerta que conducía a los congeladores. Los carroñeros detectives entraron y ordenaron ver el cuerpo de Amado Lars Rodríguez, el creador del Cyborges, asesinado supuestamente por su propia creación. El encargado abrió el congelador marcado con el número 77, nerviosamente, y dejó el cuerpo al alcance de los buitres. “Lo siento jefe  —dijo el encargado— sembraron a éste sin maceta”.

Durán examinó el cuerpo degollado, presentaba evidentes signos de tortura sobre la piel.  Leyó la hoja de peritaje y lo confirmó. El documento  concluía que el sujeto A. L. R. había fallecido por un trauma craneoencefálico, le cortaron la cabeza después de la muerte.  ¿Por qué la máquina decidió asesinar con tanta crueldad a su creador?, se preguntó. Releyó la hoja de peritaje, mientras chupaba un Malboro, se dio cuenta de que algún dato faltaba. ¿Cuál es el estado de su ano? Y con una mirada fulminó al encargado. ¿Cuál? Volvió a rugir el siniestro detective: ¡Cuál!

El encargado, desconcertado, no tuvo más remedio que extenderle al detective un par de guantes de látex. Coca Durán examinó el orificio rectal del cadáver y descubrió lo inevitable, aquel orificio no presentaba ninguna muestra de haber sido violentado. ¿Por qué cambiaría, de pronto, su modus operandi, si es un máldito autómata, chingada madre?, se dijo.

De pronto, sintió una punzada en el testículo izquierdo.

—¿Quién más ha visto el cadáver?

—Nadie mi jefe—dijo el encargado con la mirada clavada en el orificio rectal del cadáver.

—No me mientas cabrón—tomó del brazo al encargado y le hizo manita de puerco.

 —Está bien mi jefe se lo diré, pero no me lastime – lloriqueó el débil encargado—Vinieron unos del gobierno y le tomaron un chingo de fotos, traían la cabeza del muerto jefe, pero se la llevaron…

                Coca Durán y Tambor Ojeda salieron de la morgue hechos la chingada, como buitres perseguidos por fieras invisibles.

                El gordísimo detective manejaba mientras Coca sacaba de su bolsillo una cajita de metal. Abrió la cajita, miró su contenido, un polvillo blanco que resplandecía a la luz del sol, pero la cerró instantáneamente.

—Sabes qué pinche gordo,  tengo un chingamadral de hambre, vamos por unas tortas con Súper Astro.

—¡Ya estás!— dijo el gordísimo, que también estaba hambriento, y dirigió la marcha hacia a la delegación Cuauhtémoc. Durán encendió la radio.

La canción  de Baby Batiz que sonaba en la radio se vio interrumpida por una feroz noticia:

                ….de último minuto… el escritor Jorge Volpi ha sido atacado presuntamente por la máquina violadora conocida con el nombre  de Cyborges. Elementos de la policía y del ejército tienen sitiada la casa del escritor, al parecer la máquina se encuentra dentro. Esta es toda la información que nos ha llegado. Vamos a un corte.

Tambor dio un frenón de película, afortunadamente el frenón coincidió con el alto del semáforo. Ambos detectives se miraron, atónitos. De pronto, dos autómatas sobre una misma bicicleta pasaron frente a ellos. Coca Durán saltó inmediatamente del auto y corrió hacia ellos. Embistió a uno de estos infames y metálicos seres cuando se detuvieron en la esquina paralela para cruzar la calle. Sacó su Bulldog .38 y le estrelló el cañón en el rostro al autómata, pero éste no era más que un maniquí disfrazado, un cyborg hecho de plástico. Al ver esto, Durán se arrojó sobre el otro tripulante, quien todavía no se percataba de que su acompañante había sido dañado.  Le apuntó con el arma, era un hombre disfrazado de robot.

—¿Quién eres?—bramó nuestro detective furioso.

—Mi mi mi mi mi no no no nombre es Yaxkin Melchy señor, no no no dispare, soy poeta— era un pequeño hombrecito plateado quien hablaba con el duro detective.

—¿Por qué carajos estás vestido así?

—Po po por que el final está cerca…. el Cyborgues es el mensajero, y es también el mensaje, es una máquina-palabra hecha de poesía interestelar cuyo mensaje es fin y es principio, yo ya oí su poesía y entendí el primer verso del primer poema escrito por el hombre del futuro, es el mensaje cósmico de la muerte…y del renacimiento…

—No digas chingaderas— y le soltó un cachazo en lo mollera que lo mandó a dormir.

Coca Durán regresó al Tsuru con el niño poeta bajo un brazo y lo arrojó  dentro del coche, como si fuera un muñeco.

Encendieron el auto,  estaban a unas cuantas calles de  la Tortería de Súper Astro que está en la calle de Luis Moya, en la salvaje delegación Cuauhtémoc. Así que decidieron pasar por unas tortas, que pedirían para llevar, antes de dirigirse a la casa del escritor de En busca de Klingsor, puesto que, a pesar de ser dos de los hombres más duros de la Ciudad de México, no podían aguantar otro minuto más sin comer.   Durán iba al volante y Ojeda, sentado atrás, vigilaba al niño poeta que seguía inconsciente. Cuando éste despertó, Tambor Ojeda tenía sangre en la cabeza y le gritaba, “agáchate, agáchate”, los vidrios del Tsuru volaban por todos lados, las balas rugían sobre sus cabezas y el niño poeta Yaxkin Melchy no atinaba a saber qué estaba pasando. Pero esto sucedió cuando despertó del cachazo que le propinara Durán. Aun no despierta. Durán está conduciendo el auto.

Llegaron a la tortería, estacionaron el auto frente al local de las super tortas. Antes de bajar, Durán redactó, en su celular, el mensaje con la dirección donde David Huerta tendrá que llevar a los cinco poetas.  Necesitaban a estos jóvenes escritores para ejecutar el plan, el misterioso plan que Durán urdiera en su cabeza días atrás. Utilizaría a los poetas como cebo, sin ellos, difícilmente atraerían a la máquina. Sí, ese era su misterioso plan. ¿Pero funcionará?, se preguntó a sí mismo mientras redactaba el mensaje, las letras aparecían en la pantalla de su celular como signos premonitorios:

La Inyección Hot

Zona rosa

Baños

10 p.m.

Envió el mensaje a David Huerta.

Estaba a punto de salir del auto cuando escuchó una detonación, de pronto, el espejo retrovisor interior voló en pedazos y los cristales rotos le dieron en el rostro, cortándole. Se agachó instintivamente y cubrió su cuerpo con los asientos, mientras desenvainaba la fusca. Tras la primera detonación siguió una ráfaga. Comenzaron  a volar todos los cristales.

—¡Gordo! ¿estás bien? ¡Al tiro, al tiro!—gritó, el ataque lo había tomado por sorpresa, no vio que un auto los estuviera siguiendo, ni siquiera se imaginaba de dónde chingados le disparaban.

El gordo Ojeda cubría al niño poeta con su cuerpo, que ya había despertado. Una bala o un cristal le había herido la cabeza y sangraba profusamente, a tal grado que el pequeño poeta estaba totalmente bañado en la moronga del gordísimo detective. Tan pronto cesaron los disparos, Ojeda abrió la puerta del coche, adivinó la línea de fuego, puesto que él era un tirador experto y conocía la trayectoria de una bala, sabía tan sólo con ver el objeto impactado, mejor que un perito, desde que dirección había sido disparado el proyectil. Entonces el rechoncho detective se lanzó a la calle, cuando cesaron los disparos, intentando mantenerse detrás del coche para que éste le sirviera de escudo, al salir del auto como jabalí hambriento, miró de reojo el punto desde donde les disparaban, era una camioneta negra, gigantesca. Sobresalía del quemacocos un hombre que les vaciaba los cargadores de su ametralladora. Se arrojó al suelo, porque otra tanda de plomo venía sobre ellos.

Una bala, que rebotó contra el piso, le perforó el vientre.

Continuará…

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