¡El Cyborges violó a mi marido! Parte 5

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Dibujo realizado para un programa de televisión titulado “EL CYBORGES: MITO O REALIDAD”

 

 

Por José M. Vacah

@JosMVacah

Sacó una cajita de metal del bolsillo interior de su chamarra de policía, embarró las yemas de los dedos índice y pulgar con el polvillo blanco y se los llevó a las narices, lo aspiró como quien se huele los dedos después de rascarse el culo. Coca Durán encendió la radio del auto mientras la droga hacía despertar su sistema nervioso, había dormido poco, la pizza que cenó anoche le había provocado cólicos que lo hicieron desalojar el vientre durante la madrugada, temía que la diarrea lo asaltara en el momento más inoportuno. Tambor Ojeda despertó bruscamente al oír la radio. El noticiero matutino ya había comenzado, eran las 7: 40.

“El primero que saldrá será el jardinero. La jardinera del edificio alberga una hermosa cantidad de geranios piteros, desde el rosa carmesí hasta el rosa venus, bien, muy bien, el arbolito con el que conviven tiene una bella forma de garza. ¿Cuánto costará vivir en un penthouse como éste? El vigilante abrirá el portón para que el chofer saque el auto ¿o tendrá camioneta? La ruca sale a desayunar todos los días cerca de las 9 a un Vips de Polanco con sus amigas (igual de rucaidas que ella supongo). Tengo hambre. Bajaremos del auto, a mí me toca distraer al jardinero mientras mi compadre saca la fusca y ¡papas!” Ojeda repasaba el plan en su cabeza, para no quedarse dormido otra vez. El Tsuru  aparcado a unos metros de la casa de Marie Jo Paz (la viuda del nobel mexicano) desentonaba completamente con el vecindario. Dos tipos, con la jeta como la que se cargan nuestros detectives, vestidos de policía, dentro de un auto negro jodidamente abollado y rayado, es una imagen que podría alarmar a cualquiera, menos a los policías reales, por supuesto.

                En el noticiero transmitían una entrevista a Xavier Velasco, la última víctima del Cyborges. Coca Durán subió el volumen.

Había sacado a  pasear a Boris –mi perro— al parque,  ya era un poco tarde pero Boris estaba muy impaciente. Oscurecía y al poco rato todo quedó en penumbras debido a la avería que presentan muchas de las farolas del Parque Hundido. Estábamos a punto de irnos cuando  escuché un sonido extraño, como si alguien caminara sobre resortes oxidados o no sé, no le di importancia, pensé que era uno de esos  grillos de ciudad. Iba concentrado en mi última novela –escribo mentalmente mis novelas—  así que caminaba de manera automática por el parque, guiado por la voluntad de Boris. De pronto, mi compañero comenzó a ladrar frenéticamente y cuando me percaté de lo que sucedía, sentí una fuerza sobrehumana que…[sollozos] me duele recordarlo… sentí unos brazos con una fuerza desmedida que me [más sollozos]…es muy difícil para mí contarlo… disculpen todos… [más más sollozos]… una fuerza brutal que me bajó los pantalones y ¡me violó! [lágrimas, llanto incontenible]…

—Qué forma tan brutal de hacerlo —exclamó Durán, mientras el jardinero trataba de sacar una escalera de metal por la puerta, el vigilante del edificio le prestó ayuda.

Coca Durán miró la hora en el tablero del auto, inmediatamente sacó su celular para confirmarla, todavía faltaban algunos minutos para que el Chofer sacara la nave de la ruca, así que se buscó en los bolsillos su cajetilla de Marlboros. “Maldita sea la olvidé, tal vez tenga un pitillo en la guantera”, pensó. Abrió la guantera y revolvió los objetos que había dentro mientras su gordísimo acompañante abría un paquete de galletas de bombón. En la guantera estaba un libro de Octavio Paz titulado La llama doble. Tambor Ojeda tomó el libro, lo abrió en una página al azar y leyó en silencio mientras llenaba su chamarra con migajas.

—¿Qué mamada es esa de preservar tu semen de los flujos del tiempo? Ayer en la noche me pregunté, compadre, qué se sentirá ser un espermatozoide de cien años. ¿Tendría los mismos ideales que recién “nacido”? ¿Seguiría esperando la gran unión con el gran óvulo cósmico? ¿o ya habría renunciado al llamado de la hembra?

—No te pongas filósofo pinche gordo, aguanta, en un rato podrás interrogar al esperma criogenado de Paz personalmente. Nomás no te agüites si la respuesta no es tan clara como esperas. Ja ja ja ja –su risa era infantil, casi siniestra— ¡Buzo! que ya salió el chofer. Cuando estacione el auto salimos.

—Disculpen amigos—se acercó Tambor Ojeda al jardinero que se estaba trepando en la escalera y al vigilante que la sostenía— Estoy buscando una maldita dirección, ¿podrían ayudarme?

—Claro que sí mi poli— dijo el vigilante. El Jardinero asintió con la cabeza, era mudo.

Mientras tanto Coca Durán se acercó al chofer que salía del auto. “¿Amigo, tendrás un cigarrillo?” El chofer se sacó de onda con la pinta de nuestro detective, se llevó las manos a los bolsillos y negó con la cabeza. Coca Durán, a unos centímetros del sorprendido chofer, sacó su revólver bulldog .38 a la altura del vientre, cubriendo el arma con su cuerpo, le apuntó. Dijo “súbete al auto capullo”, y apretó los labios como si mandara un beso. Durán entró por la puerta trasera y le clavó el revólver en la costilla, “mete el auto y no hagas ningún pancho o ¡pelas!”, la palabra pelas, en ese contexto, sonaba verdaderamente cruel. Desde la ventanilla Durán observó a su gordísimo compañero entrando al penthouse con el vigilante. Una vez en el estacionamiento le metió un cachazo al chofer en la sien que lo dejó inconsciente.

—Gracias por dejarme entrar a su baño mi estimado—dijo Tambor Ojeda al vigilante—ya me andaba miando—y señaló su bragueta.

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Dibujo realizado por un niño con síndrome de down

La sonrisa del vigilante se torció en una mueca de terror cuando vio que el gordísimo policía le apuntaba con una colt .45. “¡Ora, métase al baño!” Cuando el vigilante le dio la espalda al gordo detective para entrar al w.c, éste le metió tremendo cachazo en la nuca que lo dejó en coma. La mandíbula del vigilante se estrelló contra la taza del baño y se la fracturó. Ojeda cerró el baño. Se dirigió al elevador, al pasar por una cámara de seguridad le enseñó pito con el dedo.

Al abrirse el elevador  su compañero ya lo esperaba. Nuestros detectives subieron hacia el último piso, mientras en la mente de ambos sonaba la melodía “Garota de Ipanema”.

Llamaron a la puerta. Un mucamo negro les abrió. El “buenos días, ¿en qué les puedo ayudar?” del negro mucamo de dos metros fue respondido con un amable disparo en el pecho que lo fulminó. Los detectives entraron al apartamento como leopardos lanzándose sobre una presa invisible. Parados a mitad del recibidor, no supieron por dónde comenzar a buscar. ¿Dónde podrían estar los mecos? Se quedaron parados ahí unos minutos.

De pronto una lluvia de tenedores de plata cayó hacia ellos. Un tenedor se le enterró en la pierna a Durán. El cocinero de la rucaida salió de la cocina alarmado por el sonido del disparo, estaba preparando el desayuno, Marie Jo Paz no iba a desayunar fuera esta vez, había cancelado la cita con sus amigas debido a que se sentía enferma. Los tenedores habían sorprendido a nuestros detectives.  El cocinero ninja de la ruicaida se preparaba a sacar otra tanda de tenedores que manejaba con la habilidad de un mago al manipular sus  naipes. Pero Tambor Ojeda le clavó un disparo en la frente. Coca Durán se sacó el tenedor de la pierna. “¡Hijo de perra!”, dijo, la herida lo hizo cojear.

Decidieron buscar a Marie Jo Paz en las habitaciones, “la ruca nos dará el blanco techo”, dijo Durán al gordo conteniéndose la risa. El recibidor daba a una sala y ésta se bifurcaba en dos pasillos amplios, uno conducía a una especie de jardín-terraza y el otro hacia las habitaciones. Caminaron hacia las habitaciones pero una sombra les cerró el paso. Otro mucamo negro de dos metros resguardaba la entrada a las habitaciones, velozmente el mucamo de ébano le conectó unas patadas voladoras a Coca Durán que lo mandaron tres metros de regreso. Tambor Ojeda, impresionado por la fuerza del negro, retrocedió al tiempo que intentó descargarle un balazo. Pero el pinche negro mucamo de dos metros le soltó un karatekazo en la mano que desvió el disparo. Ojeda furioso lanzó un puñetazo al negro pero éste lo esquivó. El oscuro le conectó una patada en los huevos al gordísimo que lo dejó fuera de combate. El mucamo pateó la pistola del gordísimo y corrió hacia el cuerpo de Durán que yacía boca abajo, con la cabeza hundida en el sillón de cuero. Cuando lo volteó para despojarlo del arma, Coca le sonrió, su arma apuntaba la cabeza del negro, disparó. Y los sesos oscuros del negro mancharon a Durán.

                Durán entró cojeando a la habitación de Marie Jo Paz pero ésta ya había fallecido. Levantó el cuerpo de la liviana ruca y lo zangoloteó bastante hasta confirmar su deceso. Dejó el cuerpo inerte sobre la cama. Revolvió la habitación buscando el esperma criogenado pero éste no se encontraba allí. Ni siquiera sabía qué forma debía de tener el recipiente de los mecos. Se imaginaba una bacinica de oro o algo por el estilo. Salió del cuarto lanzando maldiciones, en el pasillo su compañero seguía sobándose los blandos. Entró a la otra habitación, era una biblioteca. “¡A huevo!”, había encontrado los mecos. En una  urna de cristal, dentro de un pequeño frigorífico que parecía una nave espacial, en el centro de lo que parecía un santuario hindú con libreros de madera decorados con símbolos religiosos, estaba el esperma criogenado  de Paz.

                Salieron del edificio con el frigorífico en el hombro de Tambor Ojeda. Al salir, el gordísimo se despidió del jardinero que podaba el arbolito, al mirarlos, el rostro del jardinero empalideció de pronto. Su reacción hizo preguntarse a Coca Durán si no debían matarlo. No obstante, seguramente los vecinos de otros pisos habrán escuchado los disparos y alguno habrá llamado a la policía. “Pero la policía siempre tarda en llegar”, pensó Durán, y salió cojeando despreocupadamente. Subieron al Tsuru y arrancaron a toda velocidad, quemando llanta, como en las películas.

Al mirarse en el espejo retrovisor Durán conoció el por qué de la reacción del jardinero, trató de limpiarse las manchas de sesos y sangre de la cara con la manga de su chamarra, pero fue inútil, tendría que lavarse.

Sonó el teléfono celular de Coca Durán. “Maldita sea ¡Quién será!”

—Durán al habla.

—Sniff. Sniff,  sniff, clukclijan ayyyyyyyyyyy uiqkuis kuoeopnxc, uhhhhhhhh ohhhhh ayaachijamndjkhwe kjs ndkjas n jkdmnkshndijenqaashghauijs.

—Maldita sea no puedo entenderle.

 —¡Flussssssssssshhhhhhhhhkkk!  [Nota del editor: onomatopeya de alguien limpiándose la nariz] Encontraron el cuerpo de mi marido asesinado. Se acabó todo señor Durán, ¡todo! Ya no quiero saber nada de la máquina, ya no quiero saber nada de la investigación, ni de usted, ¿me comprende? Estoy harta de los policías y de la prensa, mi vida se volvió un infierno. Mañana me voy de México, tengo el corazón destrozado. Olvídese del caso, y del dinero—Y colgó.

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Dibujo encontrado en los archivos clasificados del caso

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