¡El Cyborges violó a mi marido! (p. 3 ¿final?)

Brendan J Megannety

Por José M. Vacah
@JosMVacah

No se puede comprender la realidad, tan sólo la percepción de ella. Eso mismo era lo que sentía, a través de sus testículos, nuestro detective Jorge Durán, mejor conocido como Coca. El duro, el sangriento detective aficionado a la caspa del diablo. Coca, Coca, Coca susurra el viento contaminado de la Ciudad, las calles se llenan de murmullos al verlo pasar en su Tsuru negro, y a las prostis se les caen los chones (cuando los traen puestos).

                Si sus métodos no son como los de cualquier “policía”, sus habilidades tampoco. Una de éstas era su secreta forma de detección de pistas mediante sus testículos. Si la pista era la correcta, aquella que puede conducir a solucionar un caso, le dolía el tanate izquierdo. Y si el camino era equivocado, le dolía el derecho. A veces le dolían los dos, y era aquí donde la puerca torcía el rabo. Pero su técnica en la investigación, depurada durante más de veinte años de oficio, hacía que no se fiara de cualquier punzada.

                Estaba a punto de dar con el escondite del Cyborges. La última víctima de la máquina pornócrata, Enrique Krauze, denunció la violación ante sus amigos politiquillos. Su caso había trascendido los círculos más altos de la élite política, debido a su amistad íntima con la derecha en turno del poder.

El caso parecía real ante la opinión pública, una máquina violadora al acecho de los escritores de esta inculta Ciudad, sólo por una razón: porque el pueblo siempre está hambriento de historias. Sin embargo, la noticia se vio opacada por sucesos criminales emergentes, el asesinato y la desaparición de estudiantes, entre otros crímenes mayúsculos. La máquina inferno-sexual era un rumor amenazante para el vulgo y una fantasía para algunos marranos.

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Boceto del Cyborges encontrado en los archivos clasificados del caso

Osorio Chong había desplegado una operación militar secreta para detener al presunto violador. Pusieron en el caso a un agente por cada dependencia: de la policía federal, de la secretaría de marina y del estado militar; bajo la coordinación del mejor elemento que tenía la Secretaría de Gobernación, el agente más perro de la ex Dirección Federal de Seguridad, un investigador de la vieja escuela, cuyo nombre mantendremos en secreto por seguridad de quien escribe esta página.  Esta comisión especial actuaba rápido, en un pedo entambaron a varios narquillos que se cruzaron en su camino; sus pesquisas eran contundentes, en otro pedo le sacaron la papa a punta de calambres en los huevos a varios hampones (pero la papa era transgénica); en menos de un pedo desarticularon una organización clandestina de guerrilla urbana en Ecatepec;  inmediatamente supieron de nuestro detective, pero lo consideraban un loco, un drogadicto, un ciudadano inquieto, un ex policía delincuencial que no merece la consideración de la mala justicia, ni de la buena. Estos cabrones no se andan con rodeos.

 “¿Estamos ante el caso más peligroso de la década? ¿más peligroso que el chupacabras y el virus del AH1N1 juntos?”  inquiere algún periodista aburrido. “¿Tendremos que preocuparnos los mexicanos por una máquina violadora o por el contagio del ébola?” Por estos días, a donde quiera que uno vaya, hablan del Cyborges. “El narcotráfico, los feminicidios, los asesinatos de estudiantes, la contaminación de los ríos, oh, pobre país. Detener al Cyborges pondrá a México como punta de lanza en la detección de amenazas cibernéticas a nivel mundial, incluso por encima de China, lo que no es poca cosa, ¿pero quién lo detendrá primero? ¿Quién nos salvará? ¿El Gobierno, o  algún héroe anónimo?” No se ha dado ninguna versión oficial, por ninguna dependencia del gobierno, sobre el “rumor” del Cyborges. Ni se dará ninguna, en la cúpula del poder gravitan problemas más severos que consumen el tiempo de nuestro insigne gobierno.

En las tienditas, en los basureros municipales, en los parques, se oyen frases como las siguientes: “El asunto es una cortina de humo para oscurecer la aprobación de las reformas  que consuman la venta de la Patria”, o “Quieren tapar el asesinato de los normalistas”, jaladas que se avienta el populacho. La amenaza es real.

La operación militar “Culito de Lata” comenzaba a truncar el trabajo de nuestro detective. SI Coca quería cobrar por la captura, tenía que actuar rápido. Joder con el Estado, él mejor que nadie merecía la recompensa, a Coca no le interesaba nada más que el dinero.

 “Los robots violadores operan bajo una lógica, es la lógica del sexo de los insectos amazónicos…” Explicaba nuestro detective a su compañero, el leal y gordísimo, Tambor Ojeda, tirador maestro.

—Píde otra orden de choriquesos para mí, quiero explicarte mi plan…. sé cómo atraerlo. Tengo  una carnada—Y sus ojos echaron chispas.

                Mientras llegaba la siguiente orden de taquitos. Durán mostró una fotografía a su compañero. La televisión de doña Poncha, la dueña de la taquería, vociferó la siguiente información:

                ¡¡El Cyborges ataca de nuevo!!

Continúa en Pasto Negro- Archivo Coca Durán 

¡El Cyborges violó a mi marido! [parte 1]

¡El Cyborges violó a mi marido! [parte 2]