Columna Sangrienta: ¡Amputación infernal! (Parte 1 de 2)

Por José M. Vacah

@JosMVacah

para Uli, Dr. Sevaz jr y W. Angels

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—¡Bájale de huevos eh! ¡Me oyes! ¡me oyes cabrón! ¡Ahrg! ¡Such [sonido de navajazo sobre la piel]!

El chisguete de sangre brotó de la muñeca herida como el primer y verdadero anuncio de la desgracia. Luego la mano se le cayó entera, lo cual sorprendió a todos. Era la primera vez que un miembro se desprendía de su sitio ante un navajazo tan pinche.  Los agresores escaparon, protegidos por la impunidad rampante de la Ciudad de México.

Su mujer no dejaba de llorar, a pesar de que  Dr. Wagner jr ya tenía la mano (su propia mano, pero ahora desprendida de él, como un elemento ajeno)  en el bolsillo de su gabardina. La sangre chorreaba del muñón, escandalosamente. El líquido bañó una jardinera sucia de la cual brotaría tiempo después una especie de geranio carnívoro, espécimen que fue objeto de severos análisis científicos y esotéricos.

—¡Ya no llores vieja! No es momento para ser débil, si no te calmas te aplico una desnucadora, o peor tantito, un martinete. ¡Qué no ves que yo soy el más grande luchador del universo! ¡Esto para mí no es nada! Así que no es momento para llorar, espérate vieja, no te desmayes no seas exagerada. Deja que me atienda un médico, mira que ya llevo la mano que me cortaron, es sólo eso, una cortadita, vas a ver que me la volverán a poner, no te agüites, ¡para ese taxi!

El conductor se vio salpicado de pronto por el líquido vital de su insigne pasajero. ¡Qué chingados!, exclamó el chafirete. Gran susto se llevó el taxista, el pobre palideció más que su camisa blanca recién manchada, incluso palideció más que el propio Dr. Wagner al borde del desangramiento. Incluso, más mucho más que un huevo a punto de quebrarse sobre el sartén en un desayuno mortal, o más muchisísimo más que la luz al final del túnel que anuncia el reino de los muertos sin vida.

—No jodan, acababa de lavar mi auto— gritó el taxista mientras giraba sobre el asiento sorprendido al percatarse de que el máximo luchador, la más grande estrella del pancracio, ni más ni menos que el ídolo de las multitudes se hallaba detrasito suyo manchando sus sillones con su sangre divina. –Pero si es usted mi ídolo señor Wagner, disculpe, discúlpeme porfavorsito, no lo reconocí, perdóneme, ¿me podría dar un autográfo?

El pobre Galeno del bien desangrándose, esgrimió la pluma que le ofrecía el susodicho conductor y pintó unos trazos sobre una servilleta con restos de una torta de pastor de $35 pesos.

—Si no quiere que le parta la madre ahorita mismo, lléveme al hospital más cercano— ordenó el gran luchador con una voz tronante, como si el mismo Júpiter lanzara una orden.

El taxi arrancó hecho la mocha.

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La mujer del enmascarado no dejaba de llorar. Adentro del auto todo era sangre y emoción al mil como el ensayo de una escena en una peli de Tarantino.

—¿Qué fue lo que le pasó mi Doc?

—Me torcieron unos ladrones, me agarraron afuera de mi casa mientras bajaba de mi auto,  no sé con qué intenciones, si ni me robaron nada, sólo me cortaron la mano.

—¡Hijos de su puta madre!, cómo no estaba yo allí para defenderlo mi Doitor.

—¡Porfavor, no volteé mientras me habla, puede chocar imbécil!

—Es usted mi luchador favorito, cada que voy a la arena compro una de sus máscaras, ya tengo como mil diferentes…

—Sí, sí, ya cállese por favor, que no ve que me estoy desangrando.

El taxista mexicano es un raro espécimen de la conducción mundial, un hábil manejador aún sin tocar el volante. Todos los que hemos visitado una de estas carcachas, podemos dar testimonio de que los taxidrivers parecen conducir aun sin mirar el camino. Es un asunto que trasciende a la más mínima lógica, como si el auto conociera el camino, o como si todos los caminos condujeran al mismo lado, pues la Ciudad, desde hace unos años para acá, no conduce a ningún otro lado que no sea a la jodida.

                —Ya llegamos mi güen, son sólo cien pesitos por ser para usted mi campeón.

Dr. Wagner intentó sacar su billetera con su muñón nuevo, pero al recordar el incidente recordó el dolor que le apretaba el culo y el codo. Decidió buscarse la billetera con la mano izquierda sana.

—Mejor paga tú vieja, no puedo sacarme la cartera.

—Si quiere yo se la saco jefe-. Terció el driver.

Entraron al hospital rápidamente, pues el herido estaba a punto de sufrir los primeros estragos de la pérdida masiva de sangre. Los enfermeros, al percatarse de la gravedad del asunto le preguntaron, ¿Trae el miembro en buen estado?

—¡Pinches enfermeros, luego luego a abusar de sus pacientes! ¡Ya no hay respeto!

La mujer del Dr. Wagner jr tuvo que darles la mano amputada. Pues el luchador se había desmayado.

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No tardaron ni dos minutos en trasladarlo en camilla hacia una operación de urgencia. Al verlo pasar así, como un faraón griego a punto de su preparación inmortal, todos los pacientes, los médicos y los enfermeros se arrodillaron, pues la máscara del Galeno del mal (como se le conoce en el argot luchístico), es venerada en todos los hospitales mexicanos.  Al pasar la camilla por el último pasillo antes de la sala de operaciones, una anciana moribunda oró lo siguiente: Para que sean librados tus amados, salva con tu diestra su diestra, que será la diestra que dará socorro a los técnicos cuando los rudos asalten la primera caída del mundo, protegiendo al justo de la maldad de los rufianes y de la arbitrariedad de la justicia y de los réferis que son la justicia, ¡porque grande sobre los cielos es tu misericordia!

                Al entrar a la sala y al ser ungido por los enfermeros con las herramientas pre-operatorias nuestro luchador abrió los ojos y dijo:

—No me quiten mi máscara, que quiero morirme con ella.

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De pronto entró el médico como una presencia intrusiva, como un mal cirujano que anuncia la muerte.

—Nadie te quitará tu máscara Dr. Wagner… ¡Sólo yo!—. Y al terminar esta frase, se despojó de su cubrebocas y dejó al descubierto sus facciones huesudas sobre la tela de su máscara y su semblante inmortal reveló su verdadera identidad: era L.A Park (su acérrimo rival)

Todos los enfermeros se lanzaron sobre el cirujano espurio para detenerlo, pero el huesudo los rechazó de un solo putazo. Uno de los enfermeros, impulsado por el amor que sentía a su ídolo herido, se arrojó hacia el villano con un bisturí en ristre. Pero L.A Park aprovechó el movimiento desequilibrado del sufriente para someterlo con una palanca al brazo, el movimiento y la inexperiencia del tonto enfermerito provocó que el bisturí se hendiera sobre su propia carne, hiriéndose el mismo, y muriendo en ese mismo instante. Ante tal felonía el huesudo río. Y su risa hizo cimbrar todo el hospital.

—¡Esto lo pagarás caro L.A Park!—Se incorporó de la camilla el malherido y desangrante y moribundo Wagner. Tomó su mano amputada y trató de colocársela sobre el muñón. Tardó algunos minutos en lograr ponerla en una posición estética, luego la vendó rápidamente para asegurarla en su sitio y le dio un beso.

De pronto, ahí en la sala de urgentes operaciones, comenzó la batalla épica más grande qué jamás hombre alguno hubiera jamás imaginado. Eran dos titanes cuya rivalidad no podía prolongarse, era aquel el momento, el único tiempo para la confrontación. La pelea era pues una necesidad, ninguno de los dos hubiera podido rechazarla. El perdedor tenía que perder la máscara y morir en ese sitio. Aunque los técnicos, por una venganza cruel del destino, siempre aparezcan en el ring con una clara desventaja. Nuestro ídolo, en este caso, tendría que luchar con una mano mochada y con quince mil litros cúbicos de sangre perdida.

                ¿Podrá el Dr. Wagner luchar en tan injustas condiciones? ¿Luchará con una sola mano como Patroclo frente a Héctor? ¿O acaso el infame L.A. Park renunciara a su crueldad? ¿Se salvará la máscara  de Wagner? ¿Recuperará su mano? Continuará…

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