Columna sangrienta: ¡Enmascarado asesino! (parte 1 de 2)

asesinoAlgunos lo vieron bajar del jetta negro aparcado a unos metros de la gasolinera, nadie lo vio regresar. Algunos dicen haberlo visto caminar hacia la esquina de la calle y desaparecer, nadie vio el arma.

                Apareció en el bar con un AR-15 semiautomático  levantado a la altura del pecho y comenzó a disparar, yo no oí nada, aunque no lo crean, yo no oí nada. Dicen que sólo fueron diez minutos pero a mí la balacera me pareció un sólo segundo, un instante eterno, eso que otros llaman un tiempo sagrado, la eternidad que le corresponde a cada ser humano en su vida. Disparó hacia todos lados, a quemarropa como quien dice, buscaba matar a todos, o al menos, llevarse a la mayoría. Era un bar equis, medio rascuacho, había una que otra puta y uno que otro narquillo de mierda, de esos que sólo andan faroleando, que yo sepa, nunca pensé que en un lugar así pudiera pasar algo así.  Disparó y disparó, yo no oí nada. Acababa de salir del baño, estaba medio mareado por las cheves, me detuve en la puerta a jalar un poco de aire antes de regresar a la barra y me tallé los  ojos, al abrirlos lo vi, disparaba ya. Me quedé como pendejo, no pude moverme, sólo miraba los cuerpos que caían como bultos, fulminados. Imaginé el sonido de los cráneos al golpear el suelo, es curioso, no pensé nada, ni siquiera escuché el sonido de las detonaciones, ni el sonido de las exclamaciones de sorpresa, de rabia, de miedo, ni los cuerpos tropezar con las mesas, voltear las sillas, los cascos de cerveza rompiéndose, ya saben, los gritos, los chillidos, las amenazas, las blasfemias, los golpes, las groserías, los rezos, las súplicas. Sólo el golpe de los cráneos al caer,  sólo el golpe de los cráneos, sólo el golpe, aque.l ruido sordo, mortalmente sordo.

                Tal vez todo fue un cúmulo de voces ahogándose en aquel estruendo rítmico de la muerte tarararararara trac tararararara trac tararararara trac trarararararara trac, en el arma que anunciaba la entrada al reino de los jodidos, a la nueva patria. Se los juro por Diosito que no oí nada, sólo vi a la gente cayendo pesadamente como muñecos que no se sostienen, como sacos de tierra que se desfondan. Vi el rostro de una mujer atravesado por una bala a la altura del mentón, este se me quedo bien grabado porque ella me miró fijamente antes de que la bala le torciera el hocico y la hiciera convulsionarse, creo que lloré (sí creo que ahí comencé a llorar), pero no podía moverme, fueron unos minutos en los que no pude moverme.  Otro hombre cayó a mis pies embarrándome los zapatos con una sustancia lechosa que le salía de la frente, como leche, leche y sangre. Miré a un hombre que se arrastraba por debajo de una mesa con un celular en  la oreja, gritaba, vi su boca descompuesta y la expresión de terror en su rostro, me di cuenta que era un chavo, casi un niño, una ráfaga de balas le llovió en la espalda, ojalá no le haya contestado nadie, pero lo hicieron ¿quién recibió la llamada? ¿su madre? ¿su novia? Quien haya sido no podrá olvidar jamás aquella música.

                Poco a poco las luces del bar comenzaron a apagarse, las balas reventaban los focos, sólo una luz permanecía: la rocola no recibió ni un disparo. Todo lo contrario, parecía vivir, su luz se hacía cada segundo más intensa, como alimentada por el escándalo, nutrida por la música maldita, por la chingada música que brotaba en el silencio de su competencia contra las luces salientes  del cañón de la semiautomática, chispazos, muerte y luego nada, brutalmente, el fuego iluminaba en intervalos el bar, compitiendo con la luz monárquica de la resurrección en el rincón de este océano de cadáveres junto a la máquina expendedora de condones. Cuando la luz estaba, los ríos de sangre se ponían a jugar: formaban una especie de animal desbocado que montaba los cadáveres, a las mujeres las montaba tres veces, y a los hombres sólo dos, para preñarlos definitivamente. Cuando la luz no estaba, la sangre era más roja. Lo juro por Diosito santo.

                Traté de cerrar los ojos pero no pude, mi cuerpo comenzó a estremecerse y un temblor inusitado se apoderó de mí. Sentía que todo el bar comenzaba a girar, y que los muertos comenzaban a flotar haciendo círculos alrededor del asesino, traté de concentrarme en él, pero al verlo sólo pude mirar su rostro cubierto por aquella máscara que parecía brillar con una luz propia, tal vez la rocola le cedía su brillo, pero no, la máscara tenía una luz propia, una especie de aureola monstruosa, brillaba tanto como la entrada al paraíso. En cada rostro humano puede leerse el universo entero, en aquel rostro enmascarado podía leerse el infierno y el paraíso que han de ser el universo entero. Su máscara tenía una cruz que se extendía en todo el rostro, de la frente a la barbilla y de oreja a oreja. Hay un luchador que tiene una máscara similar, se llama Espanto.

                Al ver aquella figura terrible no pude evitar pensar que aquél hombre era un gran criminal o un gran santo. Sólo yo, que estuve ahí puedo afirmar que aquella imagen tenía algo de hermoso, como si lo verdaderamente terrible fuera también bello. ¿Acaso era posible que los ríos del mal nos acercaran a la belleza? Odié tanto aquella muestra gloriosa, la odié con todo mi ser y quise ser yo mismo el portador de la muerte, para acabar con aquel disfraz de ángel, remedo terrible de la imaginación divina, espejo de la otra vida, jeta de gloria, encarnación de todo aquello que no es sueño, que no es luz, que no es vida. Ahí estaba el ángel exterminador, ¡y no podía salir! ¡ni siquiera de mi propio cuerpo mudo, sordo y horrible! Pero tanta furia no pudo cegarme,  ¡maldita sea, hubiera deseado estar ciego! Todo lo contrario, me convertí en El testigo y Dios me reclamará al morir mi testimonio.

                Sólo bastaba mirar un segundo aquella figura enfundada con los chalecos del diablo, con la luz de Dios, pensé sólo un gran criminal o un gran santo… recordé esa frase y luego pensé en mi madre. Ahora lo sé muy bien, este crimen era el ensayo de otro crimen, la antesala de lo que va a ocurrirnos a todos,  aquel futuro habitado en la muerte, aquel reino  de los jodidos, donde todos seremos felices, porque en este país a todos nos toca.

                Sentí un dolor intenso en la pierna, caí al suelo instantáneamente, me toqué el muslo y sentí el caluroso contacto de la sangre con mi mano, miré mi mano y grité. El dolor hizo que comenzara a retorcerme, ya no estaba paralizado. A un metro de distancia de la entrada al cagadero, me arrastré como pude, crucé el umbral, en el baño había luz permanente, amé aquella luz permanente, la contemplé un segundo mientras todas las imágenes que había visto hace unos minutos aparecían nuevamente en mi cabeza, me dolía el pecho y sentí por unos instantes que no podía respirar, a pesar del ahogo, seguí arrastrándome hasta un cubículo del baño, entré a él, cerré la puerta, me recargué en la taza y me puse a llorar, ahí entre toda la mierda que cubría aquellas paredes sucias y pintarrajeadas lloré, lloré hasta ahogarme, lloré todo lo que nunca había llorado en mi vida, lloré todo lo que podía llorar, lloré hasta perder el conocimiento. Me desmayé, no recuerdo nada hasta…

Por: José M. Vacah

@JosMVacah

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